Desde hace días, tengo la molesta sensación de que algo —o alguien— me sigue.
No hay pisadas visibles ni un aliento extraño en el aire, pero mi lobo está inquieto. En las noches, el viento parece murmurar advertencias y los árboles crujen como si contaran secretos que no alcanzo a descifrar. En el día, cada sombra que se desliza por el bosque parece más densa, más intencionada.
No es paranoia. Lo sé.
Lo siento en la piel, en los latidos frenéticos cuando cruzo los pasillos del refugio y noto la