La noche me había envuelto en su manto oscuro, y con ella, mi mente se había perdido en la vastedad de la forma lobuna que aún habitaba mi cuerpo. No sabía cómo regresar. El instinto, ese viejo enemigo y aliado a la vez, me arrastraba más allá de los límites humanos. Mi alma estaba dividida: una mitad salvaje, libre, feroz; la otra, humana y vulnerable, tratando de aferrarse a la razón.
Sentí el frío de la madrugada calar en mis huesos, aunque no recordaba sentir frío cuando era loba. Mi pelaje