El sonido del acero chocando, de los gruñidos y los cuerpos lanzados al suelo, me llegaba como un eco salvaje desde el claro de entrenamiento.
Estaba escondida tras uno de los árboles, justo en el límite donde el bosque se abría a la zona donde los guerreros entrenaban. Desde que volví, no había dejado de observarlos. O más bien, no había dejado de observarlo a él.
Aiden.
Era imposible no mirarlo. Con el torso desnudo, la piel cubierta por una delgada capa de sudor que brillaba bajo el sol del