Lyra sopesaba cuáles serían las consecuencias de que todos supieran la verdad acerca de su origen.
Para todos, ella provenía de Luna Silente, la manada arrasada por Fuego de Bruma y Ronan en su afán por encontrar el corazón de la Luna, una joya que ahora se mantenía dentro de ella.
Pero ninguno sabía realmente cómo es que su alma pudo asimilar la joya o por qué resultaba ser “La Escogida”, un hecho que ya Selira envidiaba.
Como si eso fuera algo especial.
Lo sabía: todas estas divagaciones resultaban del miedo que tenía al estar todos en esa cueva que, ahora, en lugar de un refugio, parecía más bien una cárcel.
Una prisión hecha de raíces, sombras y respiraciones contenidas.
—¿En dónde estás, Selira? —dijo entre dientes Kaelthar, mientras se armaba de garras y dientes en una transformación a medias.
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Ronan estaba seguro de una cosa, algo que El Quebrantador le susurraba, a tal punto que inundaba su mente como una ola sofocante.
No estaba completo.
Y solo había una manera de volve