La culpa se arraigó en el alma de Lyra, consciente de lo que Lucian debía estar sintiendo.
Lo sabía, y aun así le agradecía en silencio, sintiéndose responsable por todo lo que estaba ocurriendo.
El Quebrantador era un espíritu apabullante, capaz de someter por seducción o por tortura.
Su alma lo había sentido: sus llamas, su peso, su hambre.
Ella y Kaelys habían tenido que luchar contra aquella entidad que disfrutaba flagelar.
Y había algo peor: Lyra no había estado sola.
Había tenido a Kaelys para soportar el tormento.
Pero Lucian… Lucian estaba solo.
Y ahora había huido.
Se deshizo del abrazo de Kaelthar como pudo para ponerse en pie.
—¿A dónde vas? —preguntó Kaelthar, alarmado—. No dejaré que te enfrentes a ese monstruo sola.
Aquello la llenó de indignación.
—Es un monstruo gracias a mí —respondió, con la voz enojada y quebrada por la culpa—. Si él no hubiera hecho lo que hizo, quizás yo sería el monstruo ahora.
Las palabras dejaron a Kaelthar desconcertado por un instante, y Lyra