Lucian abrió los ojos como si emergiera de un sueño profundo y violento.
El aire entró en sus pulmones con un jadeo desgarrado, como si hubiera olvidado cómo respirar, como si su cuerpo ya no recordara qué significaba estar vivo.
Sus pupilas temblaron, teñidas de un rojo borgoña, parecido a la sangre seca que se apoderaba del centro de sus ojos.
Pero también estaba ahí el ámbar iridiscente, cálido y firme, ese color que siempre había sido suyo.
Ese color hacía que Lyra, incluso ahora, tuviera u