Lucian abrió los ojos como si emergiera de un sueño profundo y violento.
El aire entró en sus pulmones con un jadeo desgarrado, como si hubiera olvidado cómo respirar, como si su cuerpo ya no recordara qué significaba estar vivo.
Sus pupilas temblaron, teñidas de un rojo borgoña, parecido a la sangre seca que se apoderaba del centro de sus ojos.
Pero también estaba ahí el ámbar iridiscente, cálido y firme, ese color que siempre había sido suyo.
Ese color hacía que Lyra, incluso ahora, tuviera un destello de esperanza.
Ella avanzó hacia él, buscando… algo.
No estaba segura de qué encontraría, aunque su fe en él era más fuerte que cualquier duda.
Había sido rudo, implacable e incluso cruel en el pasado, cuando creía que la única solución para acabar con Ronan era utilizarla como arma.
Pero también se había mostrado arrepentido.
Y tierno.
Y protector.
Y humano.
Lyra no creía en el amor, pero si había algo que la definía era la lealtad.
“Mujeres como nosotras no podemos sucumbir ante el a