La palabra salió de la garganta de Lyra como un trueno, haciendo que aquellas sombras rastreras se detuvieran por un instante.
Solo por un instante, porque al siguiente la bruma continuó su avance, brotando de cada rincón del pueblo abandonado.
De cualquier lugar donde la luz no tocaba.
De las grietas en las paredes derruidas.
De los huecos entre las piedras.
De la pira seca que, hacía un momento, mantenía atada a la joven que había estado a punto de arder.
Las sombras se levantaron como una avalancha viva, dispuestas a aplastarlos.
Como si quisieran extinguir aquella luz que emanaba de la joya.
Lucian levantó su espada al instante, pero apenas la hoja tocó la bruma, esta se enroscó alrededor del metal como si quisiera devorarlo.
No podía cortarla.
No podía herirla.
—¿Qué demonios es esto? —murmuró, retrocediendo un paso.
Alistair alzó su vara.
Relámpagos azulados estallaron desde la punta, iluminando el lugar con destellos violentos.
Pero incluso su magia parecía tener dificultades p