El aire en las ruinas de Luna Silente estaba impregnado de ceniza, humedad y memoria.
Lyra se detuvo apenas un instante, apoyando la mano contra un muro resquebrajado, jadeando. El frío de la piedra atravesó su piel como una advertencia, pero no era nada comparado con el dolor que le oprimía el pecho.
Aquel lugar había sido su hogar.
El corazón de su manada.
El refugio donde había aprendido a leer las estrellas, donde su madre le había enseñado a distinguir los aromas del bosque y su padre le había hablado, en susurros, del deber de los alfas y del sacrificio que reclamaba a su sangre.
Ahora solo quedaban ruinas.
Torres derruidas, muros ennegrecidos por el fuego, argamasa abierta como heridas antiguas que nunca sanaron. El castillo de Luna Silente yacía como un cadáver olvidado, testigo mudo de la masacre que Ronan había ordenado ´hace tan poco, aunque parecía haber sido años atrás.
El dolor la atravesó con violencia, pero no se permitió llorar.
No podía.
El peligro no había terminado