El aire en las ruinas de Luna Silente estaba cargado de ceniza, humedad y un hedor antiguo que no provenía solo de la piedra quemada, sino de la memoria misma.
Cada muro derruido parecía exhalar los últimos lamentos de una manada extinguida.
El eco del cuerno aún vibraba en la distancia, como una herida abierta en el cielo, recordándole a Lyra que ya no existía refugio alguno.
Ronan y Lucian se encontraban frente a frente en la antigua habitación del alfa, aquel que había sido la morada del eje de su manada.
Antorchas improvisadas proyectaban sombras deformes sobre los muros agrietados, alargando sus siluetas hasta convertirlas en espectros enfrentados. Dos alfas. Dos voluntades hechas de hierro. Y entre ellos, un abismo imposible de cruzar.
Lyra contenía la respiración tras el muro resquebrajado, con la espalda pegada a la piedra fría.
La marca en su brazo ardía como si quisiera desgarrarle la piel desde dentro.
No era solo dolor.
Era un llamado. Un pulso antiguo que parecía responde