El salón del concejo estaba impregnado de un silencio espeso, casi enfermizo. La luz de las antorchas temblaba como si también tuviera miedo. En el centro, el cuerpo inerte de la sirvienta seguía tendido en el suelo, rígido, helado, convertido en una ofrenda macabra. Sus ojos apagados miraban al vacío, como si aún pidieran justicia.
Lyra no podía dejar de mirarla.
Cada respiración se le quebraba en el pecho. La culpa le ardía en la garganta. Aquella mujer había muerto por ella. Por advertirle.