El salón del concejo estaba impregnado de un silencio espeso, casi enfermizo. La luz de las antorchas temblaba como si también tuviera miedo. En el centro, el cuerpo inerte de la sirvienta seguía tendido en el suelo, rígido, helado, convertido en una ofrenda macabra. Sus ojos apagados miraban al vacío, como si aún pidieran justicia.
Lyra no podía dejar de mirarla.
Cada respiración se le quebraba en el pecho. La culpa le ardía en la garganta. Aquella mujer había muerto por ella. Por advertirle. Por arriesgarse a revelar secretos que no debía conocer. Si no lo hubiera hecho, si no la hubiera protegido, quizá seguiría viva.
Pero no.
Ronan la había cazado.
Y ahora se regodeaba en su brutal poder. Sonreía. Una sonrisa fría, afilada, monstruosa. Sus ojos se clavaban en Lyra como garras, disfrutando de su sufrimiento.
Lyra sintió un temblor recorrerle el cuerpo.
No era miedo.
Era rabia.
Un fuego lento, profundo, que nacía en un rincón de su alma que creía muerto.
¿Qué podía hacer ella contra