El aire en el pasillo olía a hierro y a miedo.
Lucian salió de la sala protegida con las manos todavía temblorosas. La marca de Lyra lo había quemado como si quisiera incrustarse en su piel, reclamándolo. Reclamándola. No sabía cuál de las dos cosas lo había perturbado más.
El guardia apostado afuera estaba blanco como una sábana.
—Mi príncipe… —balbuceó, señalando hacia el camino que llevaba hacia el bosque prohibido—. Apareció otro símbolo.
Lucian sintió cómo el estómago se le comprimía. Cami