El aire en el pasillo olía a hierro y a miedo.
Lucian salió de la sala protegida con las manos todavía temblorosas. La marca de Lyra lo había quemado como si quisiera incrustarse en su piel, reclamándolo. Reclamándola. No sabía cuál de las dos cosas lo había perturbado más.
El guardia apostado afuera estaba blanco como una sábana.
—Mi príncipe… —balbuceó, señalando hacia el camino que llevaba hacia el bosque prohibido—. Apareció otro símbolo.
Lucian sintió cómo el estómago se le comprimía. Caminó deprisa hasta el arco de piedra que marcaba el límite del territorio. Allí, rodeados por tres guerreros nerviosos, vio el símbolo marcado en la tierra.
Era idéntico al grabado en la puerta de la armería horas antes… pero esta vez estaba dibujado con sangre fresca. Goteaba, espesa, como si hubiera sido trazada por garras invisibles.
—Ese símbolo es… anterior a la manada —murmuró uno de los guerreros.
—La última vez que apareció… ocurrió una tragedia —añadió otro, con la voz rota.
Los perros de