El silencio cayó sobre el bosque como una manta pesada después de que Lyra pronunciara aquellas palabras imposibles.
—Conocí a tu madre.
Lucian se quedó inmóvil, como si la luna roja sobre sus cabezas lo hubiese convertido en piedra. La respiración se le atascó en el pecho y un latido violento le estalló en las sienes. Por un instante, fue niño otra vez, viendo fuego. Sintiendo fuego.
Recordando fuego.
—No es posible —murmuró, apenas un hilo de voz—. Tú no estabas viva cuando ella murió…
Lyra tambaleó, y para no caer, apoyó una mano temblorosa sobre el pecho de Lucian. Él la tomó por los hombros con más fuerza de la necesaria, con los dedos clavándosele a través de la ropa.
Sus ojos ardieron, duros, aferrándose a su cordura.
—No trates de jugar conmigo —le advirtió. No lo decía como amenaza, sino como súplica.
Como miedo.
Lyra negó, trémula, tragando saliva.
—No la conocí… pero la vi. La vi en la hoguera. Vi cómo la ataban. Vi cómo gritaba. Y había un niño… llorando, suplicando… —Sus