Los vítores retumbaban en el gran salón como un rugido colectivo, rebotando en las paredes de piedra y ascendiendo hasta las vigas del techo. Ronan respiraba ese júbilo como si fuera aire sagrado. Se alimentaba de él. Lo moldeaba. Lo convertía en poder.
Era invencible.
O así creía.
Lyra, en cambio, apenas podía respirar.
La mano del alfa apretaba su muñeca como un cepo, marcándola con una furia silenciosa que amenazaba con estallar cuando ya no hubiera ojos ajenos observando. El dolor no era nu