El mundo se redujo a un solo punto. Su madre. De rodillas. Una pistola contra su sien.
Aria sintió a su lobo surgir dentro de ella, exigiendo sangre, exigiendo proteger a la manada. Porque eso era lo que Isabela era ahora. No solo su madre. Manada.
“Tranquila.” La mano de Lucian encontró su hombro, un ancla que la mantenía humana. “Si te transformas ahora, él apretará el gatillo.”
“Es mi madre.”
“Lo sé. Pero necesitas pensar, no reaccionar.”
Aria forzó aire hacia sus pulmones, forzó la claridad a través del pánico. Lucian tenía razón. Esto era exactamente lo que Roberto quería. Una reacción emocional que pudiera explotar.
Escaneó la escena con ojos de estratega. Cincuenta vehículos, probablemente ciento cincuenta hombres armados. Los colores de tres familias principales. Herrera en verde y oro. Montoya en negro y plata. Y sorprendentemente, los colores azul y blanco de la familia Sandoval, que siempre había permanecido neutral.
Su padre estaba de pie junto al auto principal de los Mon