Aria intentó dar un paso y casi cayó. Sus cuatro patas no respondían como esperaba. Todo estaba mal. El equilibrio, el movimiento, la forma en que su cuerpo se distribuía ahora sobre el suelo.
Su madre, todavía en forma de loba, se colocó a su lado. Presionó su cuerpo contra el de Aria, ofreciendo apoyo. Luego dio un paso lento y deliberado, mostrándole cómo mover las patas en secuencia.
“Así es.” Elena observaba desde su lugar contra la pared. “Izquierda delantera, derecha trasera. Derecha delantera, izquierda trasera. Es como respirar. Una vez que lo entiendes, ya no piensas en ello.”
Aria intentó de nuevo, siguiendo el ejemplo de su madre. Esta vez logró tres pasos antes de tambalearse. Su madre soltó un sonido que, imposiblemente, sonaba como risa.
“Tu lobo es fuerte.” Elena se acercó, estudiando a Aria con ojos expertos. “Más grande de lo que esperaba para una primera transformación. Y ese color. Negro puro sin una sola marca. Solo he visto eso tres veces en mi vida.”
Aria quiso