Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor llegó como un relámpago blanco que la atravesó de pies a cabeza.
Aria cayó de rodillas, jadeando, mientras cada nervio de su cuerpo gritaba. Podía sentir sus huesos moviéndose bajo su piel, reorganizándose, rompiéndose y sanando en el mismo instante. Sus sentidos explotaron. De repente podía oler todo. El miedo de su padre, la ira de Diego Herrera, la sorpresa de Roberto, y por encima de todo, el aroma de Lucian. Tierra oscura y cedro y algo salvaje que hacía que su interior rugiera en respuesta.
“Imposible.” La voz de su padre sonaba lejana. “Ella es humana. Su madre juró que era humana.”
Aria levantó la vista y vio que todos la miraban con horror o fascinación. Sus guardias habían retrocedido, las armas temblando en sus manos. Diego Herrera había palidecido hasta parecer enfermo. Roberto simplemente la miraba con la boca abierta.
Pero Lucian se había acercado. Estaba arrodillado frente a ella ahora, sus manos extendidas pero sin tocarla todavía.
“Mírame.” Su voz era firme, un ancla en medio de la tormenta. “Aria, mírame.”
Ella enfocó sus ojos en él, y el mundo se estabilizó un poco. Podía ver cada detalle de su rostro ahora. Cada pestaña, cada pequeña cicatriz, la forma en que sus pupilas se dilataban cuando la miraba.
“Respira.” Le ordenó gentilmente. “Respira conmigo. Dentro. Fuera. Eso es.”
Aria trató de obedecerle. Inhaló profundamente, y su aroma la llenó, calmando algo frenético dentro de ella. Exhaló, y el dolor disminuyó a un nivel manejable.
“Qué está pasando.” Logró decir, aunque su voz sonaba extraña. Más profunda. Más salvaje.
“Estás comenzando tu primera transformación.” Lucian habló con calma, como si esto fuera completamente normal. “Tu lobo está despertando.”
“No tengo un lobo. Soy humana.”
“Eras humana.” Fue Damián quien habló, acercándose con cautela. “Pero ese aroma. Es inconfundible. Tienes sangre de lobo. Sangre fuerte.”
Aria negó con la cabeza, o al menos lo intentó. Pero el movimiento hizo que otra ola de dolor la recorriera. Gritó, y el sonido salió mitad humano, mitad aullido.
Los lobos de Lucian respondieron instintivamente, sus propios aullidos llenando el aire. Era hermoso y aterrador al mismo tiempo.
“Rafael.” La voz de Diego Herrera temblaba de ira. “Qué clase de engaño es este.”
“Yo no sabía.” Su padre parecía estar en shock. “Mi esposa nunca dijo nada. Todos los exámenes médicos, todas las pruebas, ella siempre pareció completamente humana.”
“Porque el gen de lobo puede permanecer latente por generaciones.” Lucian nunca apartó sus ojos de Aria. “A veces aparece. A veces no. Pero cuando aparece.” Se detuvo, eligiendo sus palabras con cuidado. “Es imposible de detener.”
“Entonces detenla.” Don Rafael dio un paso adelante. “Haz lo que sea necesario.”
“No funciona así.” Damián negó con la cabeza. “Una vez que comienza la primera transformación, debe completarse. Detenerla la mataría.”
El pánico atravesó a Aria como un cuchillo. “No quiero esto.”
“Lo sé.” Lucian finalmente la tocó, sus manos grandes y cálidas sobre sus mejillas temblorosas. “Lo sé, pequeña. Pero no tienes opción. Tu lobo ha esperado toda tu vida para emerger. Ahora que ha comenzado, no se detendrá.”
“Cuánto tiempo.” Preguntó entre dientes apretados.
“Horas. Tal vez menos si dejas de luchar contra ello.”
“No puedo hacerlo aquí.” Miró alrededor, a las docenas de ojos observándola, juzgándola. “No frente a todos.”
Lucian asintió una vez, decisivo. Se volvió hacia su padre. “Necesito llevarla a territorio seguro. A mi territorio. Es la única manera de que sobreviva a esto.”
“Absolutamente no.” Don Rafael levantó su arma. “No te llevarás a mi hija a ninguna parte.”
“Entonces la verás morir.” Lucian se puso de pie, pero mantuvo una mano sobre el hombro de Aria. “Una primera transformación es peligrosa. Dolorosa. Si pelea contra ella sin guía, su cuerpo podría romperse. Y si eso sucede aquí, rodeada de humanos que no entienden, que tienen miedo, que podrían dispararle.” Dejó que la amenaza quedara flotando en el aire.
“Está mintiendo.” Diego escupió. “Esto es algún tipo de truco.”
“Mira sus ojos.” Damián señaló. “Mira sus manos. Eso no es un truco. Esa es una transformación real.”
Aria bajó la vista. Sus manos habían cambiado. Las uñas eran garras ahora, afiladas y letales. Su piel tenía un brillo extraño, como si algo brillara debajo de ella. Y cuando parpadeó, el mundo cambió de color. Todo era más brillante, más claro, más intenso.
“Papá.” Su voz se rompió. “Tengo miedo.”
Vio la guerra en el rostro de su padre. El amor contra el control. La protección contra el orgullo. Durante un momento terrible, no supo qué ganaría.
Entonces Don Rafael bajó su arma.
“Tráela de vuelta.” Dijo a Lucian, y su voz era pura amenaza. “Sana y completa. O te perseguiré hasta los confines de la tierra.”
“No necesitas amenazarme para que proteja a mi pareja.” Lucian ya estaba levantando a Aria en sus brazos. Ella quiso protestar, decir que podía caminar, pero otra ola de dolor la golpeó y se encontró aferrándose a él en su lugar.
“Esto no termina aquí, Rafael.” Diego señaló acusadoramente. “Tenemos un contrato. Tenemos un acuerdo. Y lo harás cumplir o habrá consecuencias.”
“Ahora no, Diego.” Don Rafael no apartó sus ojos de su hija. “Aria. Pase lo que pase, recuerda quién eres. Recuerda de dónde vienes.”
Ella asintió débilmente, aunque no estaba segura de qué significaba eso ahora. Quién era ella si no era humana. De dónde venía si todo lo que creía saber sobre sí misma era una mentira.
Lucian la llevó hacia su auto, un SUV negro que gritaba poder y dinero. Damián abrió la puerta trasera, y Lucian la depositó con cuidado en el asiento.
“Voy contigo.” Anunció una voz.
Aria levantó la vista y vio a su madre corriendo por el camino de entrada. Isabela se veía pálida pero decidida, su cabello oscuro suelto alrededor de sus hombros de una manera que Aria nunca había visto antes.
“Isabela, vuelve adentro.” Don Rafael ordenó.
Pero su madre lo ignoró. Se subió al auto al lado de Aria, tomando su mano temblorosa entre las suyas.
“Debí habértelo dicho.” Susurró su madre, y había lágrimas en sus ojos. “Debí prepararte. Pero pensé que tal vez, si nunca lo mencionaba, si te mantenía alejada de su mundo, el gen permanecería dormido para siempre.”
“Mamá.” Aria apenas podía formar las palabras. “Qué eres tú.”
“Lo mismo que tú, mi amor.” Isabela besó su frente. “Lo mismo que tú.”
Lucian se subió al asiento del conductor. “Sujétense.”
El auto arrancó con un rugido, dejando atrás la mansión Montoya, dejando atrás a su padre y los Herrera y todo lo que Aria había conocido. A través de la ventana trasera, vio a Don Rafael de pie en el camino de entrada, viéndola partir, y por primera vez en su vida, vio a su padre parecer viejo.
Pequeño.
Impotente.
El dolor se intensificó de nuevo, y Aria gritó. Su madre la sostuvo, murmurando palabras en un idioma que Aria no conocía pero que de alguna manera entendía. Palabras de consuelo. Palabras de fuerza.
Palabras que prometían que sobreviviría a esto.
Pero mientras la ciudad pasaba rápidamente por la ventana, mientras se adentraban en territorio desconocido, en el territorio de los lobos, Aria no estaba segura de quién sería cuando el dolor finalmente terminara.
Si todavía sería la heredera Montoya, o si se convertiría en algo completamente diferente.
Algo salvaje.
Algo que pertenecía a la noche.







