El amanecer llegó demasiado pronto.
Aria despertó en una habitación que no reconoció, envuelta en sábanas que olían a cedro y tierra. Por un momento de pánico puro, no recordó dónde estaba o cómo había llegado allí. Entonces los recuerdos inundaron su mente como una avalancha.
La transformación. El dolor. Correr bajo la luna con un cuerpo que no era el suyo pero que se sentía más correcto que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.
Lucian.
Se sentó bruscamente, y cada músculo de su cuerpo protestó. Se sentía como si hubiera sido golpeada por un camión, luego atropellada de nuevo para estar seguro. Miró sus manos, medio esperando ver garras, pero eran completamente humanas. Piel normal. Uñas normales.
Excepto que nada sobre ella era normal ahora.
La puerta se abrió y su madre entró llevando una bandeja con café y pan tostado. Isabela se veía cansada pero aliviada.
“Buenos días, mi amor. Cómo te sientes?”
“Como si me hubiera peleado con una trituradora de carne y perdido.” Aria