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Capítulo 2: El Lobo en la Puerta

Aria no durmió esa noche.

Se quedó despierta en su habitación, mirando el techo mientras su corazón latía con un ritmo que no le pertenecía. Cada vez que cerraba los ojos, veía oro fundido. Ojos de depredador. Ojos que la reclamaban como si tuviera todo el derecho del mundo.

A las tres de la mañana, su teléfono vibró. Un mensaje de su padre.

“Mi oficina. Ocho en punto.”

Nada más. Pero Don Rafael Montoya nunca necesitaba más palabras. Él había construido su imperio sobre el silencio y la sangre, y todos sabían que una convocatoria temprana nunca significaba nada bueno.

Aria se duchó con agua fría, tratando de lavar la sensación de estar siendo observada. No funcionó. Podía sentirlo todavía, como una marca invisible en su piel. El vínculo. La conexión. Esa cosa imposible que la ataba a un hombre que debería ser su enemigo.

Se vistió con cuidado. Traje negro, cabello recogido, maquillaje perfecto. La armadura de una heredera. Necesitaba cada centímetro de esa armadura hoy.

Cuando bajó a desayunar, su madre ya estaba en la mesa. Isabela Duarte Montoya era una mujer hermosa, elegante incluso en la quietud de la mañana. Pero había algo en sus ojos que siempre había inquietado a Aria. Algo salvaje, apenas contenido bajo capas de perfección cultivada.

“Buenos días, mi amor.” Su madre no levantó la vista de su café. “Tu padre está de muy mal humor.”

“Cuándo no lo está.”

“Aria.” Ahora sí la miró, y su expresión era extraña. Casi asustada. “Ten cuidado con lo que dices hoy. Por favor.”

Antes de que Aria pudiera preguntar qué significaba eso, su teléfono volvió a vibrar. Esta vez era Catalina.

“Toda la ciudad está hablando de anoche. Llámame.”

Aria apagó el teléfono.

A las ocho menos cinco, tocó la puerta de la oficina de su padre. La voz que respondió era de acero.

“Entra.”

Don Rafael estaba de pie junto a la ventana, mirando los jardines como si contuvieran respuestas a preguntas que no había hecho en voz alta. Era un hombre grande, con cicatrices que contaban historias que Aria nunca había escuchado completas. A sus cincuenta y dos años, seguía siendo la persona más peligrosa que ella conocía.

Hasta anoche.

“Siéntate.”

Aria obedeció, manteniendo la espalda recta, las manos tranquilas en su regazo. Todo lo que él le había enseñado. Nunca muestres miedo. Nunca muestres debilidad.

“Lucian Valdez estuvo en Club Obsidian anoche.” No era una pregunta.

“Sí.”

“Y te vio.”

El corazón de Aria dio un salto, pero mantuvo su rostro inmóvil. “Hay muchas personas en ese club, papá. Es territorio neutral.”

“No me trates como un idiota, Aria.” Se volvió hacia ella, y la furia en sus ojos era fría como hielo. “Tengo tres testigos que dicen que el Alpha cruzó el salón como si fueras la única persona en la habitación. Que te miró como si te conociera. Como si tuvieras algo que él quería.”

Silencio. Aria buscó las palabras correctas y no las encontró.

“Dime que me estoy equivocando.” La voz de su padre bajó a un susurro peligroso. “Dime que lo que escuché es imposible.”

“No sé de qué hablas.”

“No me mientas.” Se acercó, y Aria tuvo que obligarse a no retroceder. “He vivido en esta ciudad cuarenta años. Conozco las historias. Sé lo que significa cuando un lobo mira a alguien de esa manera.”

El aire salió de los pulmones de Aria de golpe. “Papá.”

“Dime que no es verdad.”

Pero no podía. Porque la verdad estaba grabada en sus huesos, cantando en su sangre, tirando de ella incluso ahora hacia el norte, hacia donde fuera que él estuviera. Mate, mate, mate, susurraba algo primitivo dentro de ella.

Don Rafael leyó la respuesta en su silencio. Su rostro se endureció.

“Esto no va a pasar.”

“No tengo control sobre esto.”

“Entonces lo tendrás.” Su padre se inclinó sobre el escritorio. “Eres una Montoya. Somos dueños de esta ciudad. No nos arrodillamos ante nadie, y ciertamente no ante los perros que acechan en las sombras.”

“No son solo perros, papá. Son.”

“Sé lo que son.” La interrumpió. “Y sé lo que nos harían si tuvieran la oportunidad. Tu compromiso con la familia Herrera se anuncia en dos meses. Catalina será una aliada valiosa cuando tomes el control.”

Aria parpadeó. “Qué.”

“Tu matrimonio con el hijo de Diego Herrera ya está acordado. Ha estado acordado desde que tenías diecisiete años.”

El mundo se inclinó. “Nunca dijiste nada.”

“No necesitabas saberlo hasta ahora.” Se enderezó, ajustándose los puños como si estuvieran discutiendo el clima. “Pero las circunstancias han cambiado. Necesito que entiendas lo que está en juego. Este vínculo, esta cosa con Valdez, es una sentencia de muerte para todo lo que hemos construido.”

“No puedo simplemente ignorarlo.”

“Puedes y lo harás.” Su padre rodeó el escritorio. “Porque si no lo haces, habrá guerra. Y en una guerra entre nosotros y los lobos, mucha gente morirá. Gente inocente. ¿Puedes vivir con eso?”

Era una manipulación perfecta. Aria lo sabía. Pero eso no hacía que las palabras fueran menos efectivas.

“Hay maneras de romper un vínculo de pareja,” continuó su padre. “Los Herrera tienen contactos. Brujas. Gente que sabe cómo cortar estas cosas.”

“Eso podría matarnos a ambos.”

“O podría salvarte.”

Antes de que Aria pudiera responder, su teléfono vibró. Luego otra vez. Y otra.

Su padre lo miró. “Contesta.”

Con manos temblorosas, Aria sacó el teléfono. Quince mensajes. Todos de números que no conocía. Todos diciendo lo mismo.

“Él está aquí.”

“El Alpha está en la puerta.”

“Valdez exige verte.”

Su padre ya estaba en movimiento, presionando el intercomunicador. “Seguridad. Reporte.”

La voz que respondió estaba tensa. “Señor, tenemos una situación. Lucian Valdez está en las puertas principales con una docena de sus lobos. Dice que no se irá hasta que hable con la señorita Aria.”

Don Rafael cerró los ojos. Cuando los abrió, la furia había sido reemplazada por algo mucho más frío. Cálculo.

“Dile que ella no está disponible.”

“Ya lo hicimos, señor. Él dice que puede olerla. Que sabe que está aquí.”

Aria se puso de pie, su cuerpo moviéndose antes de que su mente pudiera detenerlo. Podía sentirlo también. Como un imán tirando de hierro, como gravedad, como destino.

Él había venido por ella.

Y una parte oscura y terrible de su alma cantaba de alegría. 

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