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La Luna Prohibida del Alfa
La Luna Prohibida del Alfa
Por: Ash Fleming
Capítulo 1: La chica que no pertenecía

El club latía como un corazón vivo, sangrando neón en el aire espeso de humo. Aria Montoya estaba en la barra VIP, los dedos rodeando un vaso de whiskey que no había tocado, observando la multitud abajo como una general evaluando un campo de batalla.

Este era el nuevo negocio de su padre. Club Obsidian. Territorio neutral, o eso decía el tratado. Un lugar donde humanos y lobos podían fingir que no soñaban con destrozarse mutuamente.

“Pareces aburrida, princesa”. Catalina Herrera se materializó a su lado, toda labios rojos y sonrisas calculadas. “¿El imperio de papi no es lo suficientemente emocionante para ti?”

Aria no giró la cabeza. “Estoy trabajando, Catalina. Deberías intentarlo tú alguna vez.”

“¿Trabajar? Eso llamas mirar desde las sombras mientras tu padre juega a ser rey.”

Antes de que Aria pudiera responder, la temperatura en la sala cambió. La música no cambió, las luces seguían destellando en patrones hipnóticos, pero algo fundamental se había alterado. El aire mismo parecía espesarse, presionando contra su piel como un toque físico.

Lo sintió antes de verlo.

Su pulso titubeó, luego comenzó a latir con un ritmo que no le pertenecía. El calor brotó en su pecho, expandiéndose en ondas que la dejaron mareada. Cada instinto que había perfeccionado durante veintitrés años gritó una sola palabra imposible.

Peligro.

La mirada de Aria se deslizó hacia la entrada y su mundo giró sobre su eje.

Se movía entre la multitud como humo, como violencia apenas contenida en piel humana. Alto, de hombros anchos, con cabello oscuro que le caía más allá del cuello y ojos que atrapaban la luz como oro bruñido. Vestía completamente de negro, caro pero discreto, el tipo de ropa que susurraba poder en vez de gritarlo.

Pero no fue su apariencia lo que le robó el aliento.

Fue la forma en que todos se apartaban sin darse cuenta de que lo estaban haciendo. La forma en que las conversaciones titubeaban a su paso. La forma en que el aire mismo parecía doblarse a su alrededor, reconociendo a un depredador entre ellos.

Lucian Valdez. Alfa de La Manada Valdez. El rey lobo que gobernaba el oscuro corazón de la ciudad.

“Jesús Cristo”, exhaló Catalina. “¿Qué está haciendo aquí?”

Aria no respondió. No podía. Porque en ese momento, a través de un mar de cuerpos danzantes y niebla artificial, la mirada de Lucian encontró la suya.

El mundo se detuvo.

Todo, la música, las luces, el calor de los cuerpos, se desvaneció en ruido blanco. Solo existía él, solo esos ojos dorados imposibles que la clavaban en el lugar como una mariposa en un tablero. Vio su expresión cambiar de conciencia casual a enfoque depredador y afilado.

Luego todo su cuerpo se volvió inmóvil.

El tipo de inmovilidad que precede a un ataque.

Aria sintió cómo le golpeaba el pecho, una conexión tan visceral que dolía. Como una cadena hecha de relámpagos, ardiente e irrompible, envolviendo sus costillas y apretando. Su loba, la parte de sí misma que nunca había sabido que existía, emergió bajo su piel, aullando en reconocimiento.

Mate. Mía. Nuestra.

No. No. No.

Esto no podía estar pasando. Ella era humana. Su padre era don Rafael Montoya, capo del sindicato Montoya. Había sido entrenada desde niña para heredar un imperio construido con sangre, balas y un tipo de poder que no tenía nada que ver con lunas llenas o huesos cambiando de forma.

Ella no era una de ellos.

Pero su cuerpo no se preocupaba por la lógica. Cantaba con reconocimiento, con un hambre que la aterrorizaba. Cada célula le gritaba que fuera hacia él, que cerrara la distancia entre ambos, que se sometiera a cualquier magia antigua que acababa de marcar su alma.

Lucian comenzó a moverse.

No hacia la sección VIP donde normalmente se reunían los de su clase. Hacia ella. Su mirada no vaciló, clavada en ella con una intensidad que hacía arder su piel. Podía ver al depredador en cada línea de su cuerpo, la violencia contenida en la forma en que flexionaba las manos a los lados.

“Aria”. La voz de Catalina llegaba desde muy lejos. “Aria, tenemos que irnos. Ahora.”

Sí. Exactamente eso tenían que hacer. Porque podía verlo en sus ojos, el reconocimiento, la reclamación, la certeza absoluta de que ella le pertenecía. Todas las historias que había escuchado sobre mates predestinados, sobre lobos y sus lazos, inundaron su mente.

Una vez que un Alfa te reclamaba, eras suya. Cuerpo, alma, futuro. Todo.

No podía permitir que eso pasara. Su padre los mataría a ambos. El tratado entre las familias y las manadas se sostenía con miedo, geografía y la comprensión mutua de que algunas líneas nunca podían cruzarse.

Ella era la única heredera de su padre. La joya de la corona del imperio Montoya. Su futuro había sido decidido antes de nacer, matrimonios y alianzas cuidadosamente organizados para expandir territorio y asegurar poder.

Ninguno de esos planes incluía convertirse en la mate del lobo que había matado a doce de los hombres de su padre tres años atrás.

Lucian ya estaba a medio camino por la pista de baile, cortando a través de la multitud como una hoja. Podía ver a su Beta, Damian, moviéndose para interceptarlo, ver la confusión y alarma en el rostro del otro hombre. Pero Lucian no se detuvo.

Sus labios se movieron, formando una sola palabra que no podía oír sobre la música pero que de algún modo sintió vibrar en sus huesos.

Mía.

Aria hizo lo único que tenía sentido. Corrió.

Empujó su vaso en las manos de Catalina y salió corriendo hacia la salida trasera, sus tacones resonando sobre el mármol mientras abandonaba toda pretensión de dignidad. Detrás de ella oyó un sonido que pudo haber sido un gruñido, pudo haber sido su nombre, pudo haber sido ambas cosas.

No miró atrás.

Irrumpió por la salida de emergencia hacia el callejón, el aire frío de la noche chocando contra su piel sobrecalentada. Su equipo de seguridad ya estaba en movimiento, manos en las armas, pero ella los hizo retroceder con un gesto.

“Carro. Ahora.”

Su chofer no hizo preguntas. Simplemente abrió la puerta y Aria se lanzó dentro, hundiéndose contra el cuero como si pudiera desaparecer en él.

Mientras se alejaban, miró por la ventana trasera.

Lucian estaba en la entrada del callejón, bañado por el brillo rojo del letrero de salida. Sus ojos ardían a través de la oscuridad y aun desde esa distancia sintió el tirón.

Vuelve. Eres mía. Siempre serás mía.

Aria cerró los ojos e intentó no pensar en cuánto había querido obedecer.

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