Mundo ficciónIniciar sesiónAria bajó las escaleras como si caminara hacia su propia ejecución.
Su padre iba tres pasos detrás de ella, con una mano sobre la pistola que siempre llevaba oculta bajo su chaqueta. Seis guardias los flanqueaban, armados hasta los dientes, con expresiones que prometían violencia al menor movimiento en falso.
Pero nada de eso importaba. Porque con cada paso que daba hacia las puertas principales, el tirón en su pecho se hacía más fuerte. Como si un hilo invisible la arrastrara hacia adelante, hacia él, hacia algo que no podía nombrar pero que reconocía con cada fibra de su ser.
A través de las ventanas podía verlos. Doce lobos en forma humana, todos vestidos de negro, todos de pie en formación perfecta detrás de su líder. Eran impresionantes. Peligrosos. El tipo de hombres que hacían que las personas cruzaran la calle solo para evitarlos.
Pero Lucian los hacía parecer niños.
Estaba de pie en el centro, las manos en los bolsillos, la postura relajada de alguien que sabía exactamente cuánto poder tenía y no sentía necesidad de demostrarlo. La luz de la mañana lo iluminaba por detrás, convirtiéndolo en una silueta oscura contra el cielo dorado.
Cuando las puertas se abrieron, sus ojos encontraron los de ella inmediatamente.
Oro fundido. Hambre pura.
“Señorita Montoya.” Su voz era terciopelo sobre acero. “Qué amable de su parte recibirme.”
“No me dieron opción.” Aria se obligó a mantenerse firme, aunque todo en ella gritaba que corriera hacia él o que huyera. No estaba segura de cuál. “Está invadiendo propiedad privada, Alpha Valdez.”
“Lucian.” Se adelantó un paso, y sus hombres se movieron con él como sombras. “Y técnicamente, estoy de pie en la acera pública. Sus puertas simplemente resultan estar aquí.”
“Qué conveniente.”
Una sonrisa curvó sus labios. No era una expresión amable. “Pensé lo mismo.”
Detrás de Aria, Don Rafael habló. “Tiene diez segundos para decir lo que vino a decir antes de que mis hombres lo escolten fuera de aquí.”
Lucian ni siquiera lo miró. Sus ojos permanecieron fijos en Aria, quemándola, reclamándola con solo una mirada.
“Vine a hablar con mi pareja destinada. Eso es todo.”
El silencio que siguió fue absoluto. Los guardias intercambiaron miradas nerviosas. Aria escuchó a su padre inhalar bruscamente, el sonido de un hombre confirmando su peor pesadilla.
“Está loco.” Don Rafael dio un paso adelante. “Mi hija no es nada suyo.”
Ahora sí Lucian lo miró, y la temperatura pareció caer diez grados. “Con todo respeto, Don Montoya, los vínculos de pareja no requieren su permiso. Son elegidos por algo mucho más antiguo que usted o yo.”
“No reconozco sus leyes de lobo en mi casa.”
“No necesita reconocerlas.” Lucian volvió su atención a Aria. “Ella lo siente también. Puedo verlo en sus ojos. En la forma en que su cuerpo se inclina hacia mí aunque su mente le diga que no lo haga.”
Era verdad. Aria podía sentir cada centímetro del espacio entre ellos como un dolor físico. Su cuerpo vibraba con la necesidad de acortar esa distancia, de tocarlo, de enterrar su rostro en su cuello y respirar su aroma hasta que sus pulmones estallaran.
Lo odiaba. Odiaba esta pérdida de control, esta rendición involuntaria a algo que no entendía.
“Lo que siento o dejo de sentir es irrelevante.” Su voz salió más firme de lo que esperaba. “Soy humana, Alpha Valdez. Su mundo y el mío no se mezclan.”
“Lucian.” Lo corrigió de nuevo, con paciencia infinita. “Y te equivocas. Nuestros mundos ya están mezclados. Lo han estado desde el momento en que nuestros ojos se encontraron.”
“Suficiente.” Don Rafael chasqueó los dedos, y sus guardias levantaron sus armas. “Váyase ahora, o esto terminará mal para todos.”
Los lobos detrás de Lucian se tensaron. Aria vio cómo sus ojos parpadeaban con oro, como sus cuerpos se preparaban para cambiar, para atacar, para defender a su Alpha. La violencia colgaba en el aire como una tormenta a punto de estallar.
Pero Lucian levantó una mano, y todos se quedaron quietos.
“No vine aquí a pelear.” Habló con calma, pero había acero debajo. “Vine a reclamar lo que es mío. Y no me iré sin al menos una conversación.”
“Entonces se quedará esperando toda su vida.” Don Rafael se movió para bloquear a Aria de su vista. “Mi hija está comprometida. Su boda se anuncia en dos meses.”
Algo cruzó el rostro de Lucian. Algo oscuro y violento y apenas controlado. El aire mismo pareció espesarse a su alrededor, cargándose con poder que hacía que el vello de los brazos de Aria se erizara.
“Comprometida.” Repitió la palabra como si fuera veneno. “Con quién.”
“Eso no es de su incumbencia.”
“Todo lo que tenga que ver con ella es mi incumbencia.” La voz de Lucian bajó a un gruñido. “Es mi pareja. Mi compañera. Mía.”
“Ella es mi hija y una Montoya. No le pertenece a nadie más que a su familia.”
Aria observó el intercambio con una mezcla de fascinación y horror. Dos hombres, dos reyes de mundos diferentes, peleando sobre ella como si fuera un premio. Como si ella no tuviera voz, ni elección, ni voluntad propia.
Algo dentro de ella se rompió.
“Basta.” Su voz cortó el aire como un látigo. Ambos hombres se volvieron hacia ella, sorprendidos. “Ambos, cállense.”
“Aria.” La advertencia de su padre era clara.
Pero ella ya había dado un paso adelante, pasando a su padre, acercándose a las puertas donde Lucian esperaba. Podía sentir las miradas de todos sobre ella, pero no le importaba. Por primera vez en su vida, iba a decir exactamente lo que pensaba.
“Tú.” Señaló a Lucian. “No me conoces. No sabes nada de mí excepto lo que tu biología te dice. No soy tuya solo porque algún instinto animal decidió que lo somos.”
Sus ojos brillaron con algo peligroso, pero ella continuó.
“Y tú.” Se volvió hacia su padre. “No soy una pieza de a







