Mundo ficciónIniciar sesión“Y tú.” Se volvió hacia su padre. “No soy una pieza de ajedrez que puedes mover como te plazca. No puedes venderme al mejor postor sin siquiera preguntarme qué quiero.”
Don Rafael palideció. “Aria, vuelve adentro. Ahora.”
“No.” La palabra salió más fuerte de lo que pretendía. “Toda mi vida he seguido tus reglas. He aprendido tu negocio. He sido la hija perfecta. Pero esto, mi vida, mi futuro, eso me pertenece a mí.”
“No entiendes lo que está en juego.”
“Entonces explícamelo.” Aria cruzó los brazos. “Porque desde donde estoy parada, parece que dos hombres están decidiendo mi destino sin permitirme decir ni una palabra.”
El silencio que siguió fue denso, cargado de tensión. Aria podía sentir los ojos de Lucian sobre ella, calientes como brasas, pero se negó a mirarlo. Si lo hacía, temía que su resolución se desmoronara.
“Aria, por favor.” La voz de su padre se suavizó, una táctica que ella reconoció. “No estás pensando con claridad. Este vínculo, esta cosa, te está confundiendo. Déjame protegerte.”
“No necesito protección. Necesito opciones.”
“Las opciones son un lujo que no podemos permitirnos ahora.” Don Rafael miró a Lucian con odio apenas contenido. “Si aceptas este vínculo, habrá guerra. Las otras familias verán esto como una traición. Los Herrera exigirán sangre. Y los lobos.” Se detuvo, eligiendo sus palabras con cuidado. “Los lobos tienen sus propias reglas. Una vez que seas su compañera, no habrá vuelta atrás.”
“Él tiene razón.” La voz de Lucian la sorprendió. Cuando lo miró, su expresión era seria. “Un vínculo de pareja no es algo que se pueda romper fácilmente. Te cambiará. Nos cambiará a ambos.”
“Entonces están de acuerdo en algo.” Aria río sin humor. “Qué reconfortante.”
“Pero no me iré.” Lucian dio otro paso hacia adelante, acercándose a las puertas. “No puedo. Cada instinto que tengo me grita que te reclame, que te lleve a casa, que te marque como mía para que todo el mundo lo sepa.”
El calor explotó en el vientre de Aria ante sus palabras. Podía imaginarlo demasiado claramente. Su boca sobre su cuello, sus dientes presionando contra su piel, el dolor dulce de ser reclamada.
No. No podía pensar así.
“Pero no lo haré.” Lucian continuó, y su voz se suavizó. “No sin tu consentimiento. No importa lo que mi lobo exija, no eres un objeto para ser tomado. Eres mi igual. Mi pareja. Y eso significa que tu elección importa.”
Aria lo miró, buscando el engaño en sus palabras. Pero solo vio sinceridad, mezclada con una desesperación que reflejaba la suya propia.
“Me estás dando una elección.” Dijo lentamente. “Después de venir aquí con una docena de lobos y exigir verme.”
Una pequeña sonrisa curvó sus labios. “Nunca dije que fuera paciente. Solo dije que respetaría tu decisión.”
“Qué noble de tu parte.”
“Aria, no escuches sus mentiras.” Su padre se acercó. “Los lobos son manipuladores. Te dirá lo que quieras escuchar hasta que seas suya, y entonces será demasiado tarde.”
“Como tú me dijiste que tendría opciones sobre mi futuro cuando claramente ya habías decidido todo.” Aria lo enfrentó. “Al menos él está siendo honesto sobre lo que quiere.”
Don Rafael retrocedió como si lo hubiera golpeado. “Todo lo que he hecho ha sido por tu bien.”
“Por mi bien o por el tuyo.” La pregunta colgó en el aire entre ellos.
Antes de que su padre pudiera responder, uno de los lobos de Lucian dio un paso adelante. Era alto, con cabello oscuro y ojos grises que evaluaban todo con precisión militar. Damián, recordó Aria. El Beta.
“Alpha, tenemos compañía.”
Todos se volvieron. Tres autos negros se acercaban por la calle, moviéndose demasiado rápido, con demasiada intención. Se detuvieron frente a la propiedad con un chirrido de llantas.
Las puertas se abrieron y salieron hombres armados. Aria reconoció los colores de inmediato. Verde y oro. Los Herrera.
Y al frente estaba Diego Herrera mismo, con su hijo Roberto a su lado. Roberto, el hombre con quien aparentemente estaba comprometida sin saberlo.
“Esto se está complicando.” Murmuró Lucian, pero no parecía preocupado. Si acaso, parecía casi divertido.
Diego Herrera era un hombre bajo y fornido con un bigote que había estado de moda hace treinta años. Se acercó con la confianza de alguien que creía que el mundo le debía algo.
“Rafael.” Saludó a Don Montoya sin calidez. “Pensé que teníamos un acuerdo.”
“Diego. Esto no es un buen momento.”
“Al contrario. Es el momento perfecto.” Diego miró a Lucian con disgusto apenas disimulado. “Escuché rumores de que los perros estaban haciendo reclamos sobre territorio que no les pertenece.”
Los lobos de Lucian gruñeron. Aria vio cómo sus cuerpos se tensaban, cómo sus ojos parpadeaban entre humano y animal. La violencia estaba a segundos de estallar.
“Cuidado con tus palabras, Herrera.” La voz de Lucian era suave, pero había amenaza en cada sílaba. “Soy más paciente que mis hombres, pero incluso mi paciencia tiene límites.”
“No me asustas, lobo.” Diego escupió en el suelo. “Y no aceptaré que intentes robar lo que ya está prometido a mi familia.”
“Prometido.” Lucian miró a Aria, y ella vio la pregunta en sus ojos. Vio también la traición, como si ella hubiera conspirado esto deliberadamente.
“No sabía.” Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. “Te juro que no sabía.”
Algo en su expresión se suavizó. Él le creyó. A pesar de todo, a pesar de que apenas se conocían, él confiaba en su palabra.
Eso significaba más de lo que debería.
Roberto Herrera dio un paso adelante. Era guapo de una manera convencional, con cabello rubio peinado hacia atrás y un traje que probablemente costaba más que un auto. Aria lo había visto en eventos sociales, siempre rodeado de mujeres hermosas y aduladores.
“Aria.” Le sonrió, pero no alcanzó sus ojos. “Finalmente nos presentan formalmente. Tu padre y el mío han hablado mucho sobre nuestro futuro juntos.”
“Un futuro que no existirá.” Lucian se movió más rápido de lo que parecía posible, colocándose entre Aria y Roberto. “Ella ya tiene pareja.”
“Ella tiene un compromiso legal.” Diego sacó un papel de su chaqueta. “Firmado por su padre hace seis años. Un acuerdo vinculante entre nuestras familias.”
Don Rafael cerró los ojos. “Diego, podemos discutir esto en privado.”
“No hay nada que discutir. O honras tu palabra, o hay consecuencias.”
Aria sintió que el mundo se cerraba a su alrededor. Un contrato. Su padre había firmado un contrato vendiéndola como si fuera ganado. Y ahora estaba atrapada entre tres mundos, ninguno de los cuales le importaba lo que ella quería.
El tirón en su pecho se intensificó. El vínculo con Lucian pulsaba como una herida abierta, exigiendo atención, exigiendo cercanía. Pero alrededor de ella había armas y amenazas y hombres dispuestos a matarse entre sí por el derecho a poseerla.
Y entonces sintió algo más. Algo caliente y salvaje despertando dentro de ella. Como si algo que había estado dormido toda su vida finalmente abriera los ojos.
Sus manos comenzaron a temblar.
“Aria.” La voz de Lucian era urgente ahora. “Tu aroma está cambiando.”
Ella lo miró sin entender. Pero él estaba mirando sus manos, donde la piel parecía brillar con una luz interior. Donde sus dedos comenzaban a alargarse, sus uñas a afilarse.
No.
No, no, no.
Pero era demasiado tarde. La transformación ya había comenzado.







