El día que llamaron a Coran amaneció plomizo, como si el cielo aguantara el aliento; la plaza del Santuario se llenó antes del amanecer. Los cofres traídos desde la ciudad vieja estaban abiertos sobre la mesa de roble: cartas, listados, remaches manchados de sangre seca. Eradow, con las manos aún atadas, permanecía sentado entre la manada, su cabeza inclinada como quien carga culpa sin alivio.
Kaeli ocupó la piedra central. Sus palabras no buscaron retórica.
—Hoy pedimos a la Corona que respond