La bahía recibió a la pequeña flota como una bestia que olfatea su propia presa: olía a sal, rescates y peligro. Kethra ordenó que los barcos se mantuvieran agrupados; los remos marcaban la cadencia como latidos. En la proa, Lord Miron sostenía la caja con documentos abiertos, y detrás, Eradow miraba el horizonte con ojos apagados por la vergüenza y la responsabilidad.
—Si la Corte nos cierra puertas —dijo Kethra—, abriremos plazas. Si nos atacan desde tierra, les devolvemos las costas.
Selin,