La noche respiraba humo y sal, y la manada avanzaba por la cubierta como una sombra con patas. El botín del Cuenta‑sumidero había abierto puertas, pero también heridas: viejas alianzas se tensaban como cuerdas que pronto podrían reventar. Kaeli sentía esa tensión en la médula; su loba interior vibraba con un presentimiento que no era sólo miedo: era un olor a traición, dulce como miel rancia.
—Algo no encaja —murmuró Daryan a su lado, con la voz apenas un rasguido entre las velas—. Han entregad