La noche pesaba como un paño mojado sobre el puerto. La bruma, espesa y fría, se pegaba a las cuerdas y a las quillas; las velas dormían plegadas, y sólo el crujir de maderas y el chasquido de las antorchas rompían la quietud. En la cubierta del buque principal, Kaeli se movía con una lentitud felina, esperando el momento en que el llamado hiciera vibrar la sangre. Flor de Luna dormía envuelta en pieles, protegida por un cerco de guardianes; sus respiraciones eran respiraciones de la manada, pe