Al despuntar el alba, la manada Volkov emergió del sendero forestal para descubrir ante sí un litoral interminable: la vasta extensión del Mar de Plata. El horizonte ondulaba bajo el reflejo de la luna aún alta, pintando la superficie del agua con hilos de luz líquida. Kaeli, ya de pie sobre la roca más alta junto a Daryan, sintió cómo la brisa salina jugueteaba en su pelaje níveo. Su vientre, redondeado por la promesa de Flor de Luna, palpitaba con ansias de aventuras marinas: allí nacería el