La luna ya no era un disco lejano, sino un fuego blanquecino que inundaba el claro del abedul. A su alrededor, la manada Volkov se dispuso en círculo: lobeznos erguidos, guardias con la lanza en ristre y brujas de blanco lunar trazando runas en el aire. El abedul restaurado, con su corteza plateada y cicatrices vivas, se alzaba como el corazón de todo lo que había sido roto… y reunido de nuevo.
En el centro, Kaeli tomó la palabra con un pulso tembloroso, pero decidido:
—Yo, Kaeli de la Luna,