El fuego dorado ardía en el centro del jardín.
Las raíces se alzaban como columnas vivas.
Las piedras lunares vibraban con una intensidad que hacía temblar el suelo.
Y la manada… no se movía.
No por miedo.
Por éxtasis.
Kaeli aún sostenía el rostro de Daryan entre sus manos.
La marca recién trazada brillaba como si cantara.
—¿Lo sientes? —susurró ella.
—Como si mi cuerpo ya no fuera mío —respondió él—. Como si tú estuvieras en cada parte de mí.
*
Neyra se acercó, con los ojos húmedos.
—No sabía