Llevaba ropa distinta a la de la mañana. La tela le marcaba los hombros con esa facilidad peligrosa que tenía todo en él. ¿Había salido? ¿Hacía cuánto que había vuelto?
Mi respiración se aceleró antes de que pudiera controlarla. Rompí el contacto visual de inmediato, girándome hacia la botella como si la soda fuera de pronto un asunto urgente y absolutamente fascinante. Mis manos temblaron apenas, lo suficiente para delatarme si él estaba observando con atención.
Y, por supuesto, lo estaba.
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