Tras llegar a la casa, me encerré en mi habitación. El silencio del pasillo fue un pequeño milagro: no me encontré con nadie y lo agradecí más de lo que debería. En el estado en el que estaba, no tenía fuerzas para sostener una sonrisa vacía o fingir que todo seguía bajo control. Porque no lo estaba. Nada lo estaba.
Algo que siempre había considerado imposible acababa de caer sobre mí con una claridad casi dolorosa: estaba enamorada de Dean.
No supe en qué momento exacto crucé la línea. No habí