64• Solo yo, tesoro.

—¿No vienes? —preguntó, con esa serenidad que siempre escondía un desafío.

Dean nadó un poco hacia atrás, dándome espacio y, a la vez, haciéndolo imposible de ignorar, como si incluso el agua se abriera para él.

—Lo estás pensando demasiado. Vamos —añadió.

Tomé una respiración larga y profunda, como si necesitara valor a la altura de mis pulmones, y por fin me adentré. El primer contacto con el agua me sorprendió: fría, pero no cortante; un frío claro, limpio, que despertó mi piel en lugar de l
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