Lo único cierto sobre mi cuerpo era que me traicionaba sin pedir permiso. Bastaba que Dean pronunciara mi nombre para que una oleada de calor me recorriera de arriba abajo, como si sus palabras se deslizaran directamente bajo mi piel. Había algo en su voz —grave, segura, un poco rota— que parecía conocer mis puntos débiles mejor que yo misma.
Cuando sus labios encontraron mi cuello, sentí cómo cada fibra de mi cuerpo se tensaba, vibrando al ritmo de su respiración. Sus besos no eran suaves ni a