37• Vamos, convénceme.
Llevé sus manos hasta mis caderas, sintiendo cómo el contacto me hacía temblar por dentro, pero tratando de no dejar que mis nervios me invadieran. Me acerqué a su oído y le susurré, muy despacio, con una voz que intenté que sonara segura y seductora:
—No hay nada que me haya prometido y no pudiera lograrlo.
Al decirlo, sentí cómo él me acercaba más a su cuerpo, como si no pudiera resistirse. Su respiración se volvió más profunda, y por un instante creí que había logrado lo que quería. Pero ent