La villa era inmensa, con pasillos que parecían no tener fin. Todo estaba impecablemente ordenado, como si alguien se hubiese obsesionado con borrar cualquier rastro de vida. El suelo de baldosas tenía un tono terracota, cálido y rojizo, el mismo color de la arcilla cocida. Las paredes estaban cubiertas de cuadros, relojes antiguos y vitrinas con botellas que probablemente costaban más que mi libertad.
Dean caminaba delante de mí, con Mia colgada de su brazo. La escena habría sido graciosa si n