El amanecer apenas rozaba las copas de los árboles cuando Alan Cisneros se despertó con el corazón latiendo a un ritmo frenético. Una fuerza visceral lo impulsaba desde el interior: la certeza de que no podía esperar un día más. Maritza estaba allá afuera, en algún lugar, y tenía que encontrarla.
La brisa matinal se filtraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda, el canto lejano de los pájaros y ese leve perfume de gardenias que todavía sobrevivían en el jardín. P