El sol ya se colaba por las cortinas cuando Alan abrió lentamente los ojos, pero no se movió. Había una calidez desconocida sobre su pecho, una sensación reconfortante que no provenía de mantas ni almohadas. Era Maritza. Dormía, encajada contra su cuerpo, su mejilla apoyada justo en el centro de su pecho, una mano enredada sin querer en su camiseta arrugada. Su respiración era lenta, profunda, serena.
Alan sonrió, con los labios apenas curvados, como si temiera romper la magia del momento con u