El regreso a la mansión fue silencioso. El chofer conducía con suavidad mientras el crepúsculo teñía el cielo de tonos rosados, dorados y ámbar que se deslizaban como caricias sobre el vidrio de las ventanas. Afuera, los árboles proyectaban sombras largas y ondulantes en la entrada del jardín, como si la misma naturaleza quisiera guardar silencio ante lo que estaba por venir.
Dentro del auto, Maritza miraba hacia el horizonte, sus ojos perdidos en las siluetas de los edificios lejanos, el rostr