El amanecer llegó mostrando sus primeros rayos por los ventanales de la mansión. Los árboles, aún cubiertos de rocío, parecían susurrar secretos antiguos, mientras el mundo despertaba lentamente al compás de una mañana que prometía ser todo menos tranquila.
Alan se incorporó con un leve quejido. El cuerpo le dolía, cada músculo parecía reclamarle por el esfuerzo del día anterior, pero había algo distinto en él. Una especie de electricidad bajo la piel. No era solo el dolor: era la certeza de es