Los días seguían pasando en la mansión Cisneros, y la guerra silenciosa, pero feroz entre Alan y Maritza se volvía más aguda con cada amanecer. No necesitaban gritarse para destilar odio: bastaban las miradas filosas, las respuestas llenas de sarcasmo, los silencios tensos y las provocaciones cuidadosamente medidas para alimentar una batalla sin tregua.
Cada mañana comenzaba con el mismo ritual: Maritza entraba sin anunciarse a la habitación de Alan, se acercaba con sus pasos firmes y su aroma