La mañana llegó con un cielo grisáceo que presagiaba tormentas. Alan observó por la ventana de su habitación, el café intacto entre sus manos. Aquel beso seguía quemándole los labios, como una marca que no desaparecía. Maritza… su nombre era un eco indeseado en su mente desde aquel momento en que la tuvo tan cerca, furiosa, vibrante, jodidamente viva. ¿Qué tenía esa mujer que lo descolocaba tanto? ¿Por qué le arrancaba emociones que había aprendido a enterrar bajo capas de indiferencia?
Pero si