Londres se había vestido de gala para la noche, pero incluso la ciudad parecía palidecer en comparación con lo que estaba sucediendo en el vestidor principal del ático de Kensington Gardens.
Joe Kensington terminó de ajustar los gemelos de plata con forma de brújula —el regalo de Silas— en los puños de su camisa. Se miró en el espejo de cuerpo entero. El esmoquin negro, cortado a medida por el mismo sastre de Savile Row que le había hecho su "armadura" meses atrás, le sentaba como una segunda p