El Gulfstream G650 de Cavendish Global cortaba las nubes a cuarenta mil pies de altura, un dardo de plata cruzando el cielo de Europa. Dentro, la cabina era un santuario de cuero color crema y madera de nogal, aislada del ruido y del caos del mundo inferior.
Joe Kensington estaba sentado en uno de los sillones giratorios, con el ceño fruncido sobre una tableta. Llevaba una camisa blanca arremangada hasta los codos y gafas de lectura que le daban un aire intelectual que a Maxxine le encantaba en