Mundo ficciónIniciar sesiónLuna Villamonte es una estafadora experta que vive bajo identidades falsas. Su único objetivo es vengar la muerte de su hermana, asesinada por un hombre que desapareció sin dejar rastro. Matías Russell es un hombre que parece pertenecer al círculo de millonarios de la ciudad, elegante, carismático y misterioso. Nadie sabe realmente de dónde salió, pero todos confían en él. Cuando ambos se encuentran por casualidad en una cafetería, surge una atracción instantánea… y peligrosa. Lo que ninguno sabe es que el otro también está mintiendo. Mientras Luna se acerca a Matías con la intención de destruirlo, él comienza a sospechar que la mujer que lo cautiva podría ser más peligrosa que cualquier fantasma de su pasado. Pero dos meses después, la policía encuentra un cadáver irreconocible en un lujoso departamento. El cuerpo está tan descompuesto que es imposible saber si es hombre o mujer. Solo hay dos personas desaparecidas. Luna Villamonte. Matías Russell. Y uno de ellos podría ser un asesino.
Leer másEl silencio en el lujoso edificio residencial de la zona alta fue interrumpido por el chirrido de una puerta siendo forzada.
Los vecinos llevaban días quejándose de un hedor insoportable que emanaba del departamento 4B, una mezcla dulzona y podrida que se filtraba por las rendijas de ventilación. Cuando los oficiales de policía entraron, tuvieron que cubrirse el rostro de inmediato. En el centro de la estancia, sobre la alfombra de diseño, yacía un cuerpo en avanzado estado de descomposición. La putrefacción era tal que los rasgos eran irreconocibles. En ese momento, el teléfono del oficial a cargo sonó. —Central, aquí el detective Rivas. Hemos localizado el origen del olor. Hay una víctima en el suelo. Repito, un cadáver en el 4B. —Entendido, detective. ¿Pueden identificar si es hombre o mujer? —preguntó la operadora entre el ruido de la estática. Rivas observó los restos, la ropa desgarrada y el charco negro que rodeaba el cuerpo. —Imposible saberlo aún. El rostro no existe y los fluidos han borrado cualquier rastro biológico evidente. Necesitaremos al forense para saber a quién acabamos de encontrar. Lo único que estaba claro era que la vida de alguien se había apagado de la forma más violenta posible. Dos meses antes. Los días de Luna Villamonte se habían convertido en una sucesión de horas grises, carentes de matices. No importaba qué nuevo proyecto profesional emprendiera o qué afición intentara cultivar; todo terminaba sepultado bajo el polvo del olvido. Ni siquiera el estrépito constante de la ciudad o el caos del tráfico lograban arrancarle una pizca de emoción. Luna caminaba por el mundo como una espectadora de su propia vida. Pero también caminaba con un propósito. Había pasado meses buscando a un hombre. Un hombre que había entrado en la vida de su hermana, la había enamorado… y después la había dejado muerta. Desapareció sin dejar rastro. Sin nombre real. Sin pasado. Sin culpa. Sin embargo, los hombres como él siempre cometían un error. Siempre dejaban una pista. Y Luna estaba cada vez más cerca de encontrarla. Todo cambió aquella mañana. El aroma a grano recién tostado la guió hacia la nueva cafetería que acababa de abrir en la ruta hacia su oficina. El local estaba abarrotado, un hormiguero de personas buscando su dosis de cafeína matutina. Luna, impulsada por una curiosidad que creía extinta, se abrió paso hasta el mostrador para pedir un moka latte, la especialidad de la casa. Justo cuando pensaba que su breve dosis de novedad terminaría al pagar la cuenta, el destino decidió intervenir. Al girarse, chocó de frente con un muro de calidez y elegancia. Lo primero que cautivó a Luna fueron sus ojos. Dos gemas de un enigmático color ámbar. El corazón de la joven saltó un latido. No solo por la belleza del desconocido, sino por la intensidad de su mirada. Era como estar frente a un depredador acechando en la maleza. Un escalofrío recorrió su columna, desatando un nerviosismo que hacía meses no sentía. —Disculpa, ¿estabas formada? —preguntó él. Su voz poseía el tono perfecto, una cadencia seductora que parecía vibrar en el aire. Incluso su fragancia, una mezcla de maderas y algo metálico, la atraía magnéticamente. Aturdida, Luna dio un paso atrás para recuperar su espacio personal. —No, no… es más, me faltó algo —balbuceó ella, alejándose a toda prisa para ocultar el rubor de sus mejillas. El hombre no pudo evitar una sonrisa cargada de suficiencia al verla huir. Caminó hacia la caja, pagó su café con parsimonia y se quedó en la entrada, analizando el entorno con una precisión gélida. Le tomó menos de un minuto decidir que no dejaría que esa mujer se fuera tan fácilmente. —Hola, soy yo de nuevo —dijo él, interceptándola en la acera. Luna se sobresaltó al encontrarlo allí, esperándola. —Hola. Supongo que es un placer volver a verte —respondió ella, aceptando la mano que él le ofrecía con una mezcla de timidez y fascinación. —Tal vez no sea la mejor manera de presentarme, pero es que… —Él fingió un ligero titubeo que a Luna le resultó encantador. —¿Por qué no empezamos por presentarnos ambos? —sugirió ella. —¿Cómo no se me ocurrió antes? ¿Me dejas volver a empezar? La sonrisa del hombre se ensanchó, iluminando su rostro de manera casi hipnótica. —Mi nombre es Matías. Matías Russell, y soy nuevo en la ciudad. El nombre quedó suspendido en el aire. Algo en el estómago de Luna se tensó. Tal vez era paranoia. Tal vez era instinto. O tal vez era la sensación de que el destino acababa de colocar frente a ella a alguien demasiado perfecto para ser real. —Encantada, Matías. Yo soy Luna. Y bueno, parece que compartimos situación; me mudé hace apenas dos semanas. —Entonces me temo que no podré pedirle a la chica que acaba de cautivarme que sea mi guía turística —bromeó él. Luna soltó una carcajada genuina, un sonido que no recordaba haber emitido en mucho tiempo. —No, me temo que no. —Entonces hagamos realidad el dicho: un ciego guiando a otro ciego. ¿Qué dices? La propuesta era tentadora. Luna no veía nada de malo en dejarse guiar por ese destello de luz. O en estudiar de cerca al hombre que había aparecido en su camino justo cuando estaba buscando respuestas. Sin dudarlo, extendió la mano hacia él. —Dame tu celular. Matías le entregó el dispositivo y observó cómo ella acortaba la distancia entre ambos, invadiendo su espacio con una confianza renovada. Luna no solo guardó su número, sino que abrió el bloque de notas para anotar una lista de lugares que quería descubrir… con él. —No sé si conoces un bar muy concurrido en el centro, el Millennium… —comenzó a decir él. Pero Luna lo interrumpió colocando suavemente sus dedos sobre los labios de Matías. El contacto fue eléctrico. Ella sonrió al notar la sorpresa en sus ojos ámbar. —¿Qué te parece la plaza que está al lado? Hoy estrenan una película que quiero ver. Sus alientos se mezclaron por un segundo antes de que ella se alejara, dándole la espalda con elegancia. —¿Pero cómo nos ponemos de acuerdo? —alcanzó a preguntar él. Sin dejar de caminar, Luna levantó su mano derecha haciendo la señal de un teléfono cerca de su oído. Matías se quedó inmóvil, mordiéndose el labio inferior mientras la veía desaparecer entre la multitud. Se llevó los dedos a la boca, acariciando el lugar donde ella lo había tocado. En ese instante, su mirada ámbar se oscureció. Una sonrisa sombría, casi retorcida, cruzó sus facciones antes de recuperar su máscara de normalidad. Ambos ignoraban que lo más peligroso de los encuentros fortuitos no eran las coincidencias. Sino los secretos que cada uno cargaba en la sombra. Y el hecho de que la muerte podría estar rondando a cualquiera de ellos dos.La puerta del departamento se cerró detrás de ellos.Y Luna supo inmediatamente que entrar allí había sido un error.El problema era que ya era demasiado tarde para arrepentirse.El sonido resonó en el silencio del apartamento… Luna apenas tuvo tiempo de dejar el bolso sobre la mesa antes de que Matías la tomara por la cintura.La atrajo hacia él con una urgencia que llevaba demasiado tiempo contenida.—Pensé que no vendrías a mi departamento… no después de lo ocurrido esta noche —murmuró él contra sus labios.—Pensé en no hacerlo.Pero su cuerpo ya estaba respondiendo al suyo.El beso comenzó lento.Casi cauteloso.Como si ambos estuvieran tanteando un terreno que sabían que no deberían pisar.Después se volvió más profundo.Más hambriento.Matías la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y el frío del concreto.El contraste hizo que Luna se estremeciera.Las manos de Matías recorrieron su espalda con una seguridad que hizo que el pulso de Luna se acelerara.
El cadáver estaba tan descompuesto que ni siquiera podían asegurar si había sido hombre o mujer.Dos meses después del encuentro en el parque entre Matías y Luna.El detective Rivas arrojó el informe forense sobre el escritorio con tal violencia que los clips del sujetapapeles saltaron por la mesa.El aire en la oficina de homicidios estaba viciado, impregnado del olor a café recalentado… y derrota.—Nada —gruñó Rivas, frotándose las sienes—. Sin huellas. Sin coincidencias dentales. Y el ADN está tan degradado que el laboratorio tardará semanas en darnos algo útil.Su compañero, el detective Torres, permanecía frente a la pizarra blanca.Las fotografías del nuevo cadáver ocupaban el centro.Alrededor había reportes, mapas, notas.Pero una imagen destacaba sobre todas.El rostro de Isabella Belmonte .—Es frustrante —admitió Torres en voz baja—. Ayer tuvimos que mandar el caso de Isabella al archivo de casos sin resolver. La prensa nos está destrozando, su madre no deja de llamar… y ah
Por primera vez, el rostro de Luna Villamonte abandonó su habitual máscara de porcelana. La frialdad calculadora que parecía tener tatuada en la piel se había quebrado, revelando una expresión de pura frustración. Se mordía la uña del pulgar con nerviosismo, un hábito que detestaba porque delataba su vulnerabilidad.Desde la apresurada huida de Matías la noche anterior, el silencio de su teléfono era un insulto.Pero su frustración no se debía solo a eso.Tenía que volver a verlo.Acercarse más.Lo suficiente para descubrir a qué cerradura pertenecía aquella llave que había robado de su bolsillo.Porque si esa llave abría la puerta correcta…tal vez también abriría la verdad sobre la muerte de su hermana.Y sobre por qué Matías Russell la había matado.El dinero escaseaba y el tiempo corría en su contra. Necesitaba infiltrarse en la nómina de la compañía de comunicaciones cercana a la cafetería; era su mejor oportunidad para justificar su presencia en la zona y vigilar a Matías desde
La pantalla del celular de Luna se iluminó, rompiendo la penumbra de su habitación por segunda vez en el día.Ella aguardó.Permitió que el dispositivo vibrara dos veces antes de deslizar el dedo por la pantalla.Se encontraba en su refugio: un departamento austero en uno de los barrios más olvidados de la ciudad. Sin embargo, la precariedad de las paredes contrastaba con el contenido de la caja fuerte oculta bajo su cama, donde una laptop de última generación y varios teléfonos encriptados permanecían bajo buen resguardo.—Luna, soy Matías...La voz al otro lado de la línea era un barítono aterciopelado que la hizo enderezarse ligeramente.—Matías. Por un momento creí que no llamarías —respondió ella, forzando un tono de ligera despreocupación mientras enrollaba un mechón de cabello en su dedo.—No podría faltar a mi palabra. He tenido una tarde... demandante.Matías omitió la verdad.Antes de marcar su número había tenido que lidiar con un ataque de ansiedad que amenazaba con desmor
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