Mundo ficciónIniciar sesiónLa pantalla del celular de Luna se iluminó, rompiendo la penumbra de su habitación por segunda vez en el día.
Ella aguardó. Permitió que el dispositivo vibrara dos veces antes de deslizar el dedo por la pantalla. Se encontraba en su refugio: un departamento austero en uno de los barrios más olvidados de la ciudad. Sin embargo, la precariedad de las paredes contrastaba con el contenido de la caja fuerte oculta bajo su cama, donde una laptop de última generación y varios teléfonos encriptados permanecían bajo buen resguardo. —Luna, soy Matías... La voz al otro lado de la línea era un barítono aterciopelado que la hizo enderezarse ligeramente. —Matías. Por un momento creí que no llamarías —respondió ella, forzando un tono de ligera despreocupación mientras enrollaba un mechón de cabello en su dedo. —No podría faltar a mi palabra. He tenido una tarde... demandante. Matías omitió la verdad. Antes de marcar su número había tenido que lidiar con un ataque de ansiedad que amenazaba con desmoronar el meticuloso control que mantenía sobre su nueva vida. Para él, cada comienzo era un campo minado. —¿Estás libre ahora? —preguntó Luna, dejando que su voz descendiera a un tono suave, casi provocador. —Lo estoy. Y espero que tú también. Recuerdo que mencionaste que trabajabas cerca de la cafetería… Las palabras encendieron una chispa de alerta en la mente de Luna. Sus ojos se entrecerraron lentamente. Escaneó la conversación de la mañana con precisión quirúrgica. —Creo que no llegué a decirte eso, Matías. Su tono se volvió frío durante una fracción de segundo. Un silencio denso se instaló entre ambos. Matías lo sintió de inmediato. Como un depredador que percibe el cambio en el aire antes de que llegue la tormenta. —Lo siento, tienes razón —respondió con una risa suave—. Debí imaginarlo por la hora en que te vi y la urgencia con la que te marchaste. Mi mente suele llenar los espacios en blanco de forma apresurada. La respuesta fue tan natural que Luna sintió cómo sus sospechas se disolvían poco a poco. Tal vez solo estaba siendo paranoica. O tal vez ambos lo eran. —No pasa nada —concedió ella finalmente—. Soy asistente de un director ejecutivo en una firma de comunicaciones, así que mi horario suele ser un caos. Supongo que llamas por la película, ¿verdad? —Así es. Me tomé la libertad de investigar los estrenos. La función es en tres horas. Luna dirigió la mirada hacia su cama. Un conjunto de lencería de encaje negro descansaba junto al vestido que usaría esa noche. Una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. Un plan comenzaba a tomar forma en su mente. —Es tiempo suficiente. Pasa por mí a la cafetería en una hora. Me ducharé en el cuarto de descanso de la empresa para ahorrar tiempo. Cuando la llamada terminó, el silencio volvió a instalarse en la habitación. Luna dejó el celular sobre la mesa. Durante unos segundos permaneció completamente quieta. Después caminó hacia la caja fuerte bajo su cama. La abrió. Dentro había varios teléfonos, documentos falsos y una pequeña carpeta con fotografías. Una de ellas mostraba a su hermana. La otra mostraba a un hombre cuya cara estaba parcialmente borrosa en una cámara de seguridad. Luna deslizó los dedos sobre la imagen. —Si eres tú… —murmuró— lo voy a descubrir. Una hora más tarde, Luna caminaba hacia el auto de Matías. El vestido negro se ceñía a sus curvas como una segunda piel. Matías la observó acercarse. Y por un instante olvidó respirar. La forma en que sus caderas se balanceaban atraía miradas a su paso. Una punzada de posesividad se instaló en su pecho antes de que pudiera detenerla. Bajó del auto. Sin decir palabra tomó el abrigo verde limón que ella llevaba en el brazo y la ayudó a ponérselo. Sus dedos rozaron deliberadamente la nuca de la joven. —Será mejor que te cubras —susurró cerca de su oído—. Empieza a refrescar… y no me perdonaría que la mujer que ha capturado mi interés terminara enferma. Luna sonrió ligeramente. Antes del cine, Matías sugirió cenar en un restaurante íntimo cerca de la plaza. Una vez instalados, bajo la luz tenue de las velas, comenzó un baile silencioso. Cada pregunta era un anzuelo. Cada respuesta, una posible mentira. —¿Y qué hace un hombre como tú en una ciudad tan gris como esta, Matías? —preguntó Luna observándolo por encima de su copa de vino. Intentaba descifrar si la elegancia de su americana escondía algo más que una buena billetera. —Buscaba un lugar donde el pasado no tuviera rostro —respondió él con una sonrisa enigmática. Después inclinó ligeramente la cabeza. —¿Y tú, Luna? Una asistente de dirección suele tener metas mayores que ser solo una asistente corporativa. —A veces el anonimato es la mayor de las ambiciones. Mientras hablaban, Luna extendió la mano hacia la servilleta. Con un movimiento suave y calculado, sus dedos se deslizaron hacia el bolsillo de la americana de Matías que colgaba del respaldo de la silla. Tocó algo. Pequeño. Metálico. Frío. Lo deslizó hacia su palma y lo escondió en su bolso antes de que él pudiera notar el movimiento. Pero el ambiente cambió. De forma abrupta. Matías se tensó. Sus ojos ámbar se clavaron en la entrada del restaurante. El color abandonó su rostro. —Luna… lo siento. Se puso de pie de golpe. Su respiración comenzó a volverse irregular. —Debo irme. Ahora mismo. Antes de que ella pudiera reaccionar, Matías salió del restaurante. Afuera sacó su teléfono con manos temblorosas. Marcó un número. —Contesta… maldita sea… El tono sonó una vez. Dos. Tres. —Necesito que me ayudes a controlarme —susurró con voz quebrada—. Estoy perdiendo el hilo. Si no me detienes, lo que pase esta noche con ella será tu culpa. Respiró con dificultad. —La vi… la vi en el restaurante. Su mirada recorría la calle como si esperara que alguien apareciera en cualquier momento. —Ella no debería estar aquí. Dentro del restaurante, Luna observaba a través del cristal cómo el hombre perfecto de la mañana se desmoronaba en la acera. Frunció ligeramente el ceño. Después abrió su bolso. El objeto que había robado descansaba en su palma. Una llave. Pequeña. Pesada. Con un número grabado. Pero no correspondía a ningún hotel de la zona. Luna la giró lentamente entre sus dedos. Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios. Tal vez había sido suerte. O tal vez el destino acababa de entregarle la primera pieza del rompecabezas. Porque si algo sabía Luna Villamonte… Era que los hombres siempre escondían sus secretos detrás de puertas cerradas. Y ella acababa de encontrar la llave de una.
![Nunca te dejaré de amar [Historia corta]](https://acfs1.buenovela.com/dist/src/assets/images/book/206bdffa-default_cover.png)





