5. Traidora.

La puerta del departamento se cerró detrás de ellos.

Y Luna supo inmediatamente que entrar allí había sido un error.

El problema era que ya era demasiado tarde para arrepentirse.

El sonido resonó en el silencio del apartamento…

Luna apenas tuvo tiempo de dejar el bolso sobre la mesa antes de que Matías la tomara por la cintura.

La atrajo hacia él con una urgencia que llevaba demasiado tiempo contenida.

—Pensé que no vendrías a mi departamento… no después de lo ocurrido esta noche —murmuró él contra sus labios.

—Pensé en no hacerlo.

Pero su cuerpo ya estaba respondiendo al suyo.

El beso comenzó lento.

Casi cauteloso.

Como si ambos estuvieran tanteando un terreno que sabían que no deberían pisar.

Después se volvió más profundo.

Más hambriento.

Matías la empujó suavemente contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y el frío del concreto.

El contraste hizo que Luna se estremeciera.

Las manos de Matías recorrieron su espalda con una seguridad que hizo que el pulso de Luna se acelerara.

Sus dedos se aferraron a su camisa.

Las manos de Luna subieron por su espalda…

hasta que se detuvieron.

Algo bajo la tela de su camisa no se sentía normal.

Sus dedos recorrieron la piel de Matías.

Y entonces lo encontró.

Una cicatriz.

Larga.

Irregular.

Demasiado reciente.

Luna se apartó apenas lo suficiente para mirarlo.

—¿Qué es esto?

Matías tardó un segundo en responder.

Un segundo demasiado largo.

—Nada.

Ella arqueó una ceja.

—Eso no parece nada.

Los ojos ámbar de Matías brillaron con algo difícil de interpretar.

Era una mirada oscura, pero también peligrosa.

—Digamos que alguien intentó matarme.

Luna frunció el ceño.

—¿Y lo logró?

Matías sonrió apenas.

—No.

El silencio que siguió fue pesado.

Luna intentó reír, pero la risa no salió.

Matías volvió a acercarse a ella.

Su boca rozó su oído.

Sus dedos se cerraron alrededor de su cintura.

—Solo lo intentó.

Un escalofrío recorrió la espalda de Luna.

No sabía si era por la cercanía de Matías…

o por la forma en que había dicho esa última frase.

Porque no sonaba como alguien que hubiera sobrevivido a un ataque.

Sonaba como alguien que había sobrevivido… después de matar a quien lo atacó.

Matías volvió a besarla como si nada hubiera pasado.

Pero la mente de Luna ya no estaba completamente en ese beso.

Una pregunta comenzaba a abrirse paso en su cabeza.

Una pregunta peligrosa.

¿Quién era realmente el hombre al que estaba besando?

Y más importante aún…

¿De qué cosas era capaz?

Sin embargo, su mente se nubló cuando Matías volvió a reclamar su boca.

El beso se volvió más intenso.

Más desesperado.

Sus manos recorrieron sus curvas con una seguridad que hizo que ella cerrara los ojos y se dejara llevar.

Se aferró a sus caderas justo en el momento en que él la levantó del suelo.

Un pequeño jadeo escapó de sus labios.

—Espera… ¿qué intentas hacer? —preguntó Luna con la voz ronca cuando sintió su espalda chocar contra una puerta cerrada.

Matías soltó una risa baja.

—Pensé que era bastante obvio.

Intentó abrir la puerta sin soltarla, pero la manija no cedió.

—Espera —murmuró Luna, riendo suavemente.

Deslizó las piernas hasta tocar el suelo y se apoyó un momento contra su pecho.

—Deja que abra.

Sin apartarse demasiado de él, giró el cuerpo y alcanzó la manija.

La puerta se abrió con un clic suave.

Matías no le dio tiempo a decir nada más.

La levantó otra vez con facilidad y entró con ella en la habitación.

La dejó caer suavemente sobre la cama.

Durante un instante se quedó de pie frente a ella.

Observándola.

Como si estuviera decidiendo algo.

Como si aún tuviera la opción de detenerse.

Pero ninguno de los dos iba a hacerlo.

Matías se quitó la camisa.

El corazón de Luna se aceleró cuando su torso quedó al descubierto.

Era exactamente como lo había imaginado.

O quizá peor.

Fuerte.

Marcado.

Peligrosamente atractivo.

La cicatriz cruzaba su piel como un recuerdo violento.

Una marca que hablaba de peligro.

Una marca que debería hacer que Luna saliera corriendo de ese departamento.

Y aun así…

no podía hacerlo.

Porque en ese momento lo único que veía era a él.

Matías Russell.

Matías avanzó hacia la cama lentamente.

Sus manos se apoyaron a ambos lados del cuerpo de Luna.

—Aún puedes irte —murmuró.

Luna lo miró fijamente.

—No quiero irme.

Los ojos de Matías se oscurecieron apenas.

—Entonces no me culpes después… cuando descubras que no soy un buen hombre…

Matías se inclinó y la besó de nuevo.

Esta vez con una intensidad que borró cualquier duda.

Las manos de Luna recorrieron su espalda.

Sintiendo cada músculo bajo sus dedos.

Sintiendo también la cicatriz.

La marca de una historia que ella todavía no conocía.

Cuando finalmente cayó sobre ella, Luna dejó de pensar.

Dejó que la besara.

Que la tocara.

Que la llevara poco a poco hasta el borde del placer.

Una vez.

Y después otra.

Y otra más.

El mundo se redujo al calor de su piel.

Al sonido de sus respiraciones mezclándose en la oscuridad.

Mientras su mente repetía una mentira conveniente.

Solo es sexo.

Nada más.

Luna repitió esas palabras en su cabeza como si fueran un escudo.

Porque aceptar la verdad sería mucho más peligroso.

Y la verdad era que cada beso de Matías hacía que su plan de venganza se volviera más frágil.

Si estaba allí, en esa cama, gimiendo su nombre…

era solo porque necesitaba acercarse a él.

Solo porque necesitaba descubrir la verdad.

Solo porque quería vengarse.

Eso era todo.

O al menos eso era lo que Luna intentaba convencerse.

Horas después, cuando todo terminó, Matías se dejó caer a su lado.

Su respiración se volvió lenta.

Profunda.

En cuestión de minutos estaba dormido.

Luna permaneció inmóvil unos segundos.

Escuchando su respiración.

Después se levantó con cuidado de no hacer ruido.

Tomó su bolso.

Sacó su cigarrera plateada.

Y salió de la habitación.

El departamento 4B de Matías estaba en lo alto de un edificio en el centro de la ciudad.

El ventanal de la sala ofrecía una vista impresionante de las luces nocturnas.

Pero Luna apenas la miró.

Abrió su cigarrera y encendió un cigarro.

Inhaló profundamente.

Dentro de la misma había una fotografía.

Sus dedos acariciaron la imagen con una delicadeza que no había mostrado en toda la noche.

Los mismos labios que ahora sostenían el cigarro seguían hinchados por los besos de Matías.

Era una traidora.

Lo sabía.

Pero aun así no podía detenerse.

Porque la mujer en la fotografía era Isabella.

Su hermana.

El humo escapó lentamente de sus labios mientras observaba la imagen.

—Lo voy a hacer pagar, Isabella —susurró.

Detrás de ella, en la oscuridad del pasillo, una figura la observaba.

Matías estaba apoyado en el marco de la puerta.

En silencio.

Sus ojos recorrían cada movimiento de Luna.

La fotografía.

El cigarro.

La forma en que parecía hablarle a la persona de la fotografía.

Nada escapaba a su atención.

Y por primera vez en mucho tiempo…

Matías Russell sonrió.

La miraba con la misma atención con la que un depredador observa a su presa.

Mientras tanto… al otro lado de la calle, alguien más observaba.

Desde la ventana oscura de otro edificio.

Una figura inmóvil.

Paciente.

El departamento de Matías estaba casi a oscuras.

Pero la luz de la luna permitía distinguir dos siluetas dentro del apartamento.

El observador sonrió levemente.

—Perfecto —susurró.

Porque si todo salía según lo planeado… uno de los dos estaría muerto muy pronto.

Y lo peor de todo…

es que ninguno de los dos lo sabía todavía.

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