3. El gato y el ratón

Por primera vez, el rostro de Luna Villamonte abandonó su habitual máscara de porcelana. La frialdad calculadora que parecía tener tatuada en la piel se había quebrado, revelando una expresión de pura frustración. Se mordía la uña del pulgar con nerviosismo, un hábito que detestaba porque delataba su vulnerabilidad.

Desde la apresurada huida de Matías la noche anterior, el silencio de su teléfono era un insulto.

Pero su frustración no se debía solo a eso.

Tenía que volver a verlo.

Acercarse más.

Lo suficiente para descubrir a qué cerradura pertenecía aquella llave que había robado de su bolsillo.

Porque si esa llave abría la puerta correcta…

tal vez también abriría la verdad sobre la muerte de su hermana.

Y sobre por qué Matías Russell la había matado.

El dinero escaseaba y el tiempo corría en su contra. Necesitaba infiltrarse en la nómina de la compañía de comunicaciones cercana a la cafetería; era su mejor oportunidad para justificar su presencia en la zona y vigilar a Matías desde la luz.

—Preocuparse no sirve de nada —se recriminó a sí misma.

Golpeó sus mejillas con las palmas para espabilarse y sacó el maletín de debajo de la cama. Al encender la laptop, una duda la asaltó.

¿Y si Matías no la había llamado porque ya había empezado a sospechar de ella?

Sus dedos volaron sobre el teclado con una destreza letal. Violó los protocolos de seguridad de Recursos Humanos de la multinacional en cuestión de minutos. El sistema era robusto, pero ella conocía las grietas.

Creó un perfil falso bajo el nombre de Luna Villamonte, asegurándose de que su historial laboral pareciera impecable. En el mar de empleados de una gran empresa, una cara nueva era solo un trámite más si los datos en la pantalla decían que debía estar allí.

Mientras revisaba el tráfico de red en busca de intrusiones ajenas, un destello de una noticia local en los servidores de la ciudad captó su atención.

“A dos meses del brutal homicidio de la joven Isabella Villamonte, la policía sigue sin sospechosos ni pistas sobre el hombre que fue visto con ella la última noche”.

El corazón de Luna se encogió.

El dolor, sordo y punzante, la obligó a cerrar la laptop.

Tomó uno de sus celulares desechables y marcó un número que se sabía de memoria. Necesitaba escuchar a su madre, asegurarse de que el dolor no la había consumido todavía.

Sin embargo, como siempre, no hubo respuesta.

Fue la niñera que ella misma pagaba quien atendió la llamada.

—Está descansando, señorita Luna —dijo la mujer con voz cansada—. Sigue... igual.

Luna colgó.

La impotencia era un veneno que corría por sus venas.

Se metió en la ducha, dejando que el agua caliente borrara momentáneamente el peso de su propia farsa.

A varios kilómetros de allí, en un ático que destilaba lujo y minimalismo, Matías Russell observaba su monitor con los ojos entrecerrados.

Llevaba horas rastreando la identidad de la mujer que lo obsesionaba.

Nada.

Ni una sola red social.

Ni una foto antigua.

Ni un registro universitario.

Era como si Luna Villamonte hubiera aparecido de la nada.

Y eso, en su experiencia, solo significaba dos cosas.

O era una fantasma…

O era alguien que tenía mucho que ocultar.

A pesar de que su instinto de preservación le gritaba que se alejara, Matías sentía una atracción casi primitiva hacia ella. Era una polilla volando directo hacia una hoguera azul.

No pudo resistirse.

Tomó el celular y marcó.

Luna, que aún estaba en la tina rodeada de velas, contestó al primer timbrazo. El sonido de su voz la hizo estremecerse de pies a cabeza.

—Me alegra saber que, a pesar de mi huida de anoche, todavía respondes —dijo Matías—. Te debo una cena.

—Y una película —lo interrumpió ella, fingiendo una ligereza que no sentía.

—Cierto. Qué te parece si esta vez dejamos de lado los protocolos. Si ya saliste del trabajo, tengamos una cita de verdad.

Una hora después, se encontraron bajo la luz ámbar de los faroles.

Al verla, Matías no dudó en atraerla hacia sus brazos.

El abrazo fue intenso, una mezcla de disculpa y posesión.

—No pasa nada —susurró Luna contra su pecho—. Haré que esta noche me lo recompenses.

Se acercó a su oído, permitiendo que su aliento rozara la piel de Matías.

Notó la reacción inmediata de él: sus músculos se tensaron y su respiración se volvió más pesada.

Luna se alejó con una sonrisa triunfal, comenzando un juego del gato y el ratón que los llevó hasta un parque solitario, ocultos bajo la sombra de un roble antiguo.

Allí, el juego terminó.

Matías la atrapó contra el tronco, sus manos recorriendo con urgencia las curvas cubiertas por la ropa de noche. Sus labios atraparon los de ella en un beso posesivo y salvaje.

No se detuvo hasta que los labios de Luna estuvieron inflamados y sus pulmones ardieron por la falta de aire.

—Señor Russell... ¿qué le parece si vamos a otro lugar? —murmuró ella, apenas reconociendo su propia voz.

En el fondo de su mente, una voz oscura la atormentaba.

¿Cómo m****a podía estar deseando estar con el hombre que podría haber matado a su hermana?

Matías no respondió de inmediato.

Sus ojos se oscurecieron, volviéndose casi negros bajo la sombra del árbol. Durante un instante pareció debatirse consigo mismo, luchando contra un impulso violento de tomarla allí mismo.

Después sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía nada de cálida.

—Eso depende —murmuró acercándose a su oído, su voz como una caricia de seda y acero—. ¿Qué tan peligrosa eres tú, Luna? Porque tengo la extraña sensación de que si vamos a otro lugar… uno de los dos no saldrá siendo la misma persona.

Luna sostuvo su mirada, desafiante, aunque por dentro sintiera que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Si él supiera la verdad… sabría que esa advertencia había llegado demasiado tarde.

Porque Luna Villamonte no había vuelto a acercarse a él por deseo.

Había vuelto para descubrir si el hombre que la besaba…

era el mismo que había matado a su hermana.

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