4. Bajo el roble.

El cadáver estaba tan descompuesto que ni siquiera podían asegurar si había sido hombre o mujer.

Dos meses después del encuentro en el parque entre Matías y Luna.

El detective Rivas arrojó el informe forense sobre el escritorio con tal violencia que los clips del sujetapapeles saltaron por la mesa.

El aire en la oficina de homicidios estaba viciado, impregnado del olor a café recalentado… y derrota.

—Nada —gruñó Rivas, frotándose las sienes—. Sin huellas. Sin coincidencias dentales. Y el ADN está tan degradado que el laboratorio tardará semanas en darnos algo útil.

Su compañero, el detective Torres, permanecía frente a la pizarra blanca.

Las fotografías del nuevo cadáver ocupaban el centro.

Alrededor había reportes, mapas, notas.

Pero una imagen destacaba sobre todas.

El rostro de Isabella Belmonte .

—Es frustrante —admitió Torres en voz baja—. Ayer tuvimos que mandar el caso de Isabella al archivo de casos sin resolver. La prensa nos está destrozando, su madre no deja de llamar… y ahora aparece este nuevo cuerpo pudriéndose en un edificio de lujo.

Se pasó una mano por el rostro.

—Siento que los malos se están riendo de nosotros en nuestra propia cara.

Rivas levantó la vista hacia la fotografía de Isabella.

Una joven con toda la vida por delante.

Una vida que se apagó sin dejar rastro del culpable.

—Ese es el problema con los fantasmas, Torres —murmuró—. No dejan huellas.

Se acercó a la pizarra y observó las fotografías del nuevo cadáver.

Las imágenes forenses eran difíciles de mirar.

El cuerpo había sido encontrado en avanzado estado de descomposición dentro de un departamento de lujo.

La piel oscurecida.

Los rasgos irreconocibles.

Ni siquiera los especialistas podían asegurar si el cadáver pertenecía a un hombre… o a una mujer.

—¿Sabemos cuánto tiempo llevaba muerto? —preguntó Torres.

Rivas hojeó el informe.

—Aproximadamente dos meses.

El silencio que siguió fue pesado.

Torres volvió a mirar las fotografías.

Dos meses.

—Si esto está conectado con Isabella…

Rivas no respondió de inmediato.

Sus ojos se quedaron fijos en las imágenes.

En el misterio.

En el vacío que rodeaba aquel caso.

Finalmente habló.

—Tenemos que volver al principio.

Torres frunció el ceño.

—¿Al principio?

Rivas asintió lentamente.

—Al punto donde todo empezó a torcerse.

Hizo una pausa.

—Al momento en que las sombras empezaron a cruzarse.

Dos meses antes.

El parque estaba casi vacío bajo la sombra del viejo roble.

El aire entre Matías y Luna se había vuelto denso, cargado de una tensión difícil de ignorar.

La advertencia de él todavía parecía flotar en el silencio.

—Uno de los dos no saldrá siendo la misma persona.

Luna sostuvo su mirada.

Los ojos ámbar de Matías tenían algo peligroso.

Algo que la hacía sentir como si estuviera caminando al borde de un precipicio.

Estaba a punto de responder cuando un instinto primario —desarrollado durante años de anonimato— le erizó el vello de la nuca.

No estaban solos.

A unos cincuenta metros, oculto entre la espesura de unos arbustos marchitos, alguien permanecía inmóvil.

No era un transeúnte casual.

Ni un vagabundo buscando refugio.

Era una figura oscura que los observaba con una quietud inquietante.

Una silueta cuya presencia parecía absorber la escasa luz de la luna.

Matías también lo sintió.

Su mano seguía en la cintura de Luna, pero su cuerpo cambió de inmediato.

Su mandíbula se tensó.

Sus ojos se desviaron apenas un milímetro hacia la oscuridad.

El pulso que antes latía con deseo se transformó en algo distinto.

Algo más frío.

Instinto.

Alerta.

Experiencia.

Tenía que controlarse.

Tenía que sacar a Luna de allí.

Protegerla.

La voz en su cabeza se burló de él.

Mentiroso.

No quería protegerla.

Quería protegerse a sí mismo.

Porque sabía demasiado bien de qué tipo de monstruos debía protegerse.

El fastidio cruzó su rostro cuando tomó la muñeca de Luna y comenzó a arrastrarla fuera del parque.

—Matías… Matías —lo llamó ella.

Pero él no respondió.

Caminaron casi cinco cuadras antes de que Luna lograra soltarse.

Cuando lo hizo, Matías se giró hacia ella.

La frialdad en su mirada era casi depredadora.

Por un instante, Luna sintió miedo.

Pero ese miedo se transformó en otra cosa.

Rabia.

Antes de pensarlo demasiado, levantó la mano.

La cachetada resonó en la calle silenciosa.

El sonido fue seco.

Contundente.

Matías avanzó hacia ella de inmediato.

Amenazante.

—¿Por qué diablos me golpeaste? —espetó, sujetándola del cuello.

Luna lo miró fijamente.

Sin miedo.

—Porque te lo merecías.

Sus manos se cerraron sobre las muñecas de él mientras intentaba soltarse.

Algo cambió en la expresión de Matías.

La furia desapareció.

En su lugar apareció algo parecido al desconcierto.

Como si acabara de darse cuenta de lo que estaba haciendo.

La soltó.

Retrocedió un paso.

—Aléjate —ordenó con voz baja, pero firme.

No gritó.

No fue necesario.

Luna se quedó quieta.

Matías se giró y comenzó a marcar un número en su teléfono.

La oportunidad de tener una vida normal…

se había ido al demonio.

—¡Maldita sea! ¿Por qué diablos no contestas? —murmuró entre dientes.

Necesitaba hablar con esa persona.

Ahora.

Pero contra todo pronóstico, alguien volvió a acercarse.

Luna.

Se aferró a él por detrás, rodeándolo con los brazos.

—No puedo dejar que te vayas, Matías… no otra vez.

Matías se quedó completamente inmóvil.

Las palabras de Luna.

El calor de su cuerpo contra su espalda.

Durante un segundo no supo qué hacer.

—No sé qué fue lo que te alteró —continuó ella con voz más suave—, pero no voy a dejar que algo así arruine la noche.

Para Luna aquello era demasiado importante.

Había tardado demasiado en volver a acercarse a él.

No iba a permitir que volviera a desaparecer.

No ahora.

No cuando finalmente lo tenía tan cerca.

Lo que ninguno de los dos sabía…

era que, desde la oscuridad, alguien seguía observándolos.

Y que esa noche ya había tomado una decisión.

Porque tarde o temprano…

uno de ellos terminaría muerto.

Y cuando la policía encontrara el cuerpo dos meses después…

ni siquiera podrían decir

si la víctima había sido

Matías o Luna.

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