Episode 3

Las palabras de Malachi me golpearon como un bloque de hielo.

Él me sujetaba con una fuerza que me dejaría marcas moradas en los hombros, pero no pude quejarme. El dolor físico no era nada comparado con el abismo que acababa de abrirse bajo mis pies.

—¿Vacío? —mi voz fue un hilo de seda rompiéndose—. ¿Cómo que está vacío? Me dijeron que ella murió en el incendio… que sus restos…

—Te dijeron lo que necesitabas saber para firmar el contrato —escupió él, soltándome de golpe.

Se giró hacia la pantalla oculta, tecleando códigos con una furia ciega. Sus dedos volaban sobre la superficie táctil.

—Si la policía o los auditores de la familia abren ese ataúd y ven que no hay nada, la investigación por asesinato se reabrirá. Y tú, Sloane, serás arrestada como cómplice de un fraude masivo.

—¿Asesinato? —retrocedí hasta que mis talones chocaron con la base de la chimenea—. Dijiste que fue un accidente.

Malachi se detuvo. El silencio que siguió fue más aterrador que sus gritos. Se giró lentamente hacia mí. La venda negra en sus ojos parecía una sentencia de muerte.

—En este mundo, Sloane, los accidentes son solo asesinatos bien planificados.

La alarma volvió a sonar, un pitido agudo que me taladraba los oídos. Malachi agarró un teléfono de línea segura.

—Halloway, activa el protocolo de bloqueo en el ala este. Que nadie entre a la cripta. Di que el sistema de seguridad falló por la tormenta. ¡Ahora!

Colgó y se acercó a mí en tres zancadas. Antes de que pudiera huir, me acorraló contra la pared. El calor que emanaba de su cuerpo era sofocante, mezclado con el aroma metálico de la adrenalina.

—Escúchame bien, pequeña impostora. No tenemos tiempo para tus crisis morales. Si quieres salvar a tu hermano, tienes que bajar conmigo.

—¿A la cripta? —el pánico me cerró la garganta—. No puedo… Malachi, no puedo hacer esto.

—Vas a hacerlo —susurró, pegando su rostro al mío—. Vas a bajar ahí y vas a actuar como si estuvieras de luto. Vas a llorar frente a las cámaras de seguridad si es necesario.

Él bajó una mano hacia mi cuello, sus dedos rozando los diamantes negros que me asfixiaban.

—Eres mi esposa. Y una esposa no deja que profanen la tumba de su familia sin pelear.

Me agarró de la mano y me arrastró fuera del estudio. Corrimos por los pasillos en penumbra. El sonido de mis tacones contra el mármol resonaba como disparos en una iglesia.

Bajamos por una escalera de caracol oculta tras un tapiz. El aire se volvió más frío, más húmedo. Olía a tierra vieja y a incienso rancio.

Llegamos a una pesada puerta de hierro. Malachi puso su mano en un escáner. La puerta se abrió con un gemido metálico.

La cripta de los Graves era un monumento a la arrogancia. Paredes de mármol blanco, estatuas de ángeles llorando y, en el centro, sobre un pedestal elevado, un ataúd de caoba con acabados en oro.

Mi corazón martilleaba contra mis costillas.

—Abre la tapa —ordenó Malachi, soltando mi mano.

—¿Qué? ¡No!

—¡Ábrela, Sloane! Tenemos que meter algo dentro antes de que los intrusos rompan la seguridad perimetral. Necesitamos peso. Volumen.

Me acerqué al ataúd con las manos temblando violentamente. El frío que emanaba de la madera parecía traspasar mis huesos. Con un esfuerzo supremo, empujé la tapa pesada.

Se abrió lentamente.

Mis ojos se abrieron de par en par. Estaba vacío, tal como él dijo. Solo había un forro de seda blanca, impecable, que nunca había sostenido un cuerpo.

—¿Dónde está ella, Malachi? —pregunté, mi voz haciendo eco en la cripta—. Si no está aquí, ¿dónde pusiste su cuerpo?

Malachi no respondió. Estaba sacando unas mantas pesadas y bolsas de arena de un compartimento oculto en la pared.

—Eso no importa ahora —dijo, lanzándome las mantas—. Ayúdame a rellenarlo. Tenemos tres minutos.

Trabajamos en un silencio frenético. Mis dedos se engancharon en la seda del ataúd mientras acomodaba las mantas para simular la forma de un cuerpo humano. La ironía era macabra: estaba preparando la cama de un fantasma.

—Ya vienen —dijo Malachi de repente, quedándose inmóvil como una estatua.

—¿Cómo lo sabes? Yo no oigo nada.

—El aire ha cambiado. La presión en el pasillo subió. Alguien abrió la puerta principal de la cripta.

Él cerró la tapa del ataúd con un golpe seco. Luego, se giró hacia mí y me agarró por la cintura, pegándome a él.

—Llora —ordenó.

—No puedo llorar por encargo, no soy una actriz.

Malachi apretó su agarre, hundiéndome contra su pecho. Sus dedos se enterraron en mi espalda, causándome un dolor agudo que me arrancó un jadeo.

—Piensa en tu hermano, Sloane. Piensa en él muriendo en una cama de hospital porque su hermana fue demasiado débil para salvarlo.

El pensamiento me atravesó como una daga. La imagen de mi hermano pequeño, pálido y conectado a máquinas, inundó mi mente. Mis ojos se llenaron de lágrimas calientes casi al instante.

—Bien —susurró Malachi, su voz suavizándose por un segundo, aunque sus manos seguían siendo de hierro—. Mantén ese dolor. Es lo único que nos mantendrá vivos.

La puerta de hierro se abrió de golpe.

Un grupo de hombres con uniformes oscuros entró, liderados por un hombre de mediana edad con un traje gris impecable. Sus ojos eran pequeños y astutos, brillando con una malicia que me hizo temblar.

—Malachi —dijo el hombre, su voz cargada de un falso pesar—. Lamento la intrusión, pero el consejo de administración ha recibido una denuncia anónima sobre irregularidades en el entierro de Charlotte.

Malachi no se movió. Se mantuvo de pie, protegiéndome con su cuerpo, con la cabeza alta.

—Tío Arthur —dijo Malachi, su tono gélido—. Entrar en mi propiedad privada a medianoche con guardias armados no es una inspección. Es un sacrilegio.

—Es una necesidad, sobrino —respondió Arthur, acercándose al ataúd—. Si todo está en orden, no tendrás inconveniente en que abramos esto y verifiquemos los restos.

Sentí que el mundo giraba. Si abrían el ataúd y veían las mantas, estábamos acabados.

—¿Cómo se atreve? —grité, saliendo de detrás de Malachi.

Mis mejillas estaban empapadas de lágrimas. El collar de diamantes negros brillaba bajo las luces de la cripta, atrayendo todas las miradas.

Arthur se detuvo, sorprendido por mi estallido.

—Soy la esposa de Malachi —dije, mi voz temblando de una furia que no era del todo fingida—. He pasado meses intentando superar el trauma de esa noche. ¿Y usted viene aquí a profanar el descanso de una mujer que amé?

Me acerqué a Arthur, invadiendo su espacio personal. Podía oler su perfume rancio.

—Si toca ese ataúd, me encargaré de que cada periódico del país sepa que los Graves tratan a sus muertos como basura corporativa. ¿Cree que las acciones de la compañía sobrevivirán a ese escándalo?

Arthur vaciló. Miró a Malachi, luego a mí. Sus ojos se fijaron en el collar.

—Esa joya… —murmuró—. Charlotte nunca se la quitaba.

—Y yo tampoco lo haré —sentencié, apretando el metal contra mi piel hasta que me dolió—. Porque ella vive en mí.

Arthur guardó silencio durante lo que parecieron horas. Finalmente, hizo una señal a sus guardias.

—Parece que me equivoqué —dijo con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Mis disculpas, "Charlotte". Me alegra ver que te has recuperado tan bien de tus quemaduras.

Se dieron la vuelta y salieron de la cripta.

En cuanto la puerta se cerró, me desplomé contra el mármol. El aire salía de mis pulmones en espasmos. Estaba hiperventilando.

Malachi se arrodilló a mi lado. Sus manos encontraron mis hombros, pero esta vez no había violencia en ellas. Solo una tensión vibrante.

—Lo hiciste bien, Sloane —dijo, y por primera vez, su voz no sonaba como una orden—. Tienes agallas.

—Me voy —dije, intentando levantarme—. No puedo seguir con esto. Dijiste que sería una farsa social, no una conspiración criminal. Charlotte no está muerta, ¿verdad? Por eso el ataúd estaba vacío.

Malachi guardó silencio. Su mano subió de mis hombros a mi rostro, sus dedos largos recorriendo mis mejillas húmedas.

—Charlotte murió, Sloane. Yo mismo vi cómo el fuego consumía la habitación. Pero no quedó nada que enterrar. Nada más que cenizas que el viento se llevó.

—Entonces, ¿por qué el ataúd vacío?

—Porque los Graves necesitan un cuerpo para mantener el legado. Un símbolo. Y ahora, ese símbolo eres tú.

Me levantó del suelo con una fuerza sorprendente. Me mantuvo pegada a su cuerpo, nuestras respiraciones mezclándose en el aire frío de la cripta.

—Arthur no se ha ido —susurró contra mis labios—. Está vigilando por las cámaras. Tenemos que darles algo más para que dejen de sospechar.

—¿Qué? —pregunté, con el corazón en la boca.

—Pasión, Sloane. Charlotte y yo solíamos venir aquí a… recordarnos que estábamos vivos.

Antes de que pudiera protestar, Malachi me besó.

No fue un beso de amor. Fue una colisión de necesidad, miedo y dominio. Sus labios eran duros y sabían a whisky. Su lengua invadió mi boca con una autoridad que me dejó sin aliento.

Mis manos, que inicialmente intentaron empujarlo, terminaron enredándose en su cabello. Mi cuerpo traidor se encendió bajo su tacto, respondiendo a la oscuridad que emanaba de él.

Era un beso filmado, una actuación para cámaras de seguridad, pero se sentía más real que cualquier cosa que hubiera vivido.

Cuando se separó, ambos estábamos jadeando. Sus labios estaban rojos y su respiración golpeaba mi piel.

—Vámonos de aquí —dijo, su voz ronca—. Tenemos una gala mañana y ahora Arthur estará buscándote el más mínimo fallo.

Subimos de regreso a la suite en silencio. Al llegar a mi habitación, la Sra. Halloway estaba allí, esperándome con un vestido nuevo, uno rojo sangre.

—El señor Graves ha decidido que el champán es demasiado suave para usted —dijo la mujer con una inclinación de cabeza que parecía casi un reconocimiento.

Me encerré en el baño y abrí la ducha. Necesitaba quitarme el olor a cripta y el sabor de Malachi de mis labios.

Pero mientras me desnudaba, noté algo en el espejo.

El collar de diamantes negros tenía una pequeña luz parpadeando. No era una cámara. Era un rastreador GPS.

Malachi no solo me estaba mirando. Me tenía marcada como a una res en el matadero.

Salí del baño envuelta en una bata, dispuesta a enfrentarlo. No me importaba que fuera medianoche. No me importaba su ceguera. Tenía que saber en qué clase de infierno me había metido.

Caminé hacia su habitación, que estaba al final del pasillo. La puerta estaba entreabierta.

Me detuve en seco.

Malachi estaba de pie frente a la ventana, de espaldas a la puerta. Se había quitado la camisa y las cicatrices en su espalda contaban una historia de dolor que nunca imaginé.

Pero lo que me detuvo el corazón no fueron las cicatrices.

Malachi se quitó la venda de seda negra de los ojos.

Se giró lentamente hacia el espejo de su habitación. Sus ojos eran de un gris tormentoso, claros, afilados.

No estaban nublados. No estaban muertos.

Él miró directamente a su reflejo y luego, sus ojos se movieron hacia el espejo que reflejaba la puerta donde yo estaba escondida.

Nuestras miradas se cruzaron a través del cristal.

Él podía verme. Perfectamente.

Malachi sostuvo mi mirada a través del espejo, sonrió con una malicia depredadora y, sin apartar sus ojos de los míos, tomó un cuchillo de su mesa de noche y se hizo un corte limpio en la palma de la mano mientras susurraba:

—Te dije que no cerraras la puerta, Sloane. Ahora entra y ayúdame a limpiar este desastre antes de que me vea obligado a ensuciar tus manos también.

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