El sonido de los monitores cardíacos era lo único que existía en mi universo.
Un pitido constante. Rítmico. Irritante.
Abrí los ojos con dificultad. La luz blanca del hospital me cegó al instante, y sentí un pinchazo agudo en el brazo izquierdo.
—No te muevas —ordenó una voz ronca a mi lado.
Malachi.
Estaba sentado en una silla de cuero junto a mi cama. Tenía la camisa arremangada hasta los codos y el rostro marcado por ojeras profundas.
No llevaba la venda. Sus ojos grises, fríos y penetrantes