Un millón de dólares.
Esa cifra se repetía en mi mente como una oración. Era lo único que me mantenía en pie. Lo único que evitaba que me diera la vuelta y saliera corriendo de este mausoleo de lujo.
—¿Recuerda las instrucciones, señorita Mercer? —la voz del abogado a mi lado era un susurro gélido.
Asentí, aunque sentía la garganta cerrada por un nudo de pánico.
—Usted ya no existe —continuó el hombre, sin mirarme—. Si alguien pregunta, usted es Charlotte Graves. Si alguien mira, usted es la esposa que regresó de entre los muertos. Y lo más importante...
El abogado se detuvo frente a las puertas dobles de la biblioteca. Me miró por encima de sus gafas, con una frialdad que me caló los huesos.
—Si el señor Graves dice que es de noche mientras el sol brilla, usted busca las estrellas. Su voluntad es la única ley en esta casa.
Apreté los puños. Mis uñas se clavaron en mis palmas, el dolor físico me devolvió un poco de realidad.
—Entendido —logré decir. Mi voz sonó pequeña, extraña bajo el peso del nombre de otra mujer.
El abogado abrió las puertas. No hubo chirridos. Solo el siseo del roble deslizándose sobre las bisagras.
La biblioteca estaba sumergida en una penumbra casi absoluta. La única luz provenía de las brasas agonizantes de una chimenea que proyectaba sombras alargadas y distorsionadas contra las paredes llenas de libros antiguos.
En el centro de la habitación, sentado en un sillón de cuero que parecía un trono, estaba él.
Malachi Graves.
Incluso sentado, su presencia llenaba el espacio. Tenía los hombros anchos y las piernas largas estiradas frente a él. Llevaba un traje negro hecho a medida, tan oscuro que parecía absorber la poca luz que quedaba.
Pero lo que hizo que se me helara la sangre fue la venda de seda negra que cubría sus ojos.
Un nudo de seda perfecto que ocultaba la mirada del hombre más temido de la industria naviera.
—Déjanos —dijo Malachi.
Su voz no fue un grito. Fue un estruendo bajo, una vibración que sentí directamente en la boca del estómago.
El abogado se retiró sin decir una palabra. El sonido de las puertas cerrándose detrás de mí se sintió como el golpe de una celda de la que no tenía la llave.
Me quedé allí, de pie, en medio de la oscuridad. El perfume de gardenias que me habían obligado a usar —el favorito de Charlotte— empezaba a marearme. Era demasiado dulce, demasiado denso. Olía a muerte.
—Acércate, Charlotte —ordenó Malachi.
Tragué saliva. Mis piernas se sentían como gelatina.
—He dicho que te acerques.
Di un paso. Luego otro. Cada movimiento hacía que el vestido de seda champán rozara mis muslos, produciendo un siseo que en ese silencio sonaba como una traición.
Me detuve a dos metros de él.
—Más cerca.
Caminé hasta que las puntas de mis zapatos rozaron las botas de cuero de Malachi. Podía olerlo ahora. Whisky caro, leña quemada y algo más... una fragancia masculina y peligrosa que me hizo estremecerse.
Malachi se inclinó hacia adelante. Contuve el aliento, temiendo que pudiera escuchar el estruendo en mi pecho.
—No escucho tu respiración —murmuró él, ladeando la cabeza como si estuviera escuchando una frecuencia que nadie más podía captar—. ¿Acaso los muertos no respiran?
—Yo... estoy aquí —susurré. Mi voz tembló, delatándome.
Malachi soltó una risa seca, un sonido carente de humor que me erizó el vello de los brazos.
—Esa voz... —dijo él, extendiendo una mano—. Es casi perfecta. Los técnicos hicieron un buen trabajo entrenándote, pequeña impostora.
Él levantó la mano. Quise retroceder, pero mis pies estaban clavados al suelo.
Los dedos de Malachi encontraron mi mandíbula. Estaban calientes, mucho más de lo que esperaba. Sus yemas eran ásperas, recorriendo la línea de mi hueso con una lentitud tortuosa.
Cerré los ojos, aunque él no pudiera verme. El contacto físico fue eléctrico, una descarga de tensión que me hizo temblar.
—Tiemblas —notó Malachi. Su mano bajó por mi cuello, rodeándolo con una delicadeza que se sentía como una amenaza de estrangulamiento—. Charlotte nunca temblaba. Ella era de hielo. Tú, en cambio... estás ardiendo.
Su pulgar se deslizó por la piel sensible debajo de mi oreja. Sentí que mis rodillas flaqueaban.
—¿Cómo se siente, Sloane? —preguntó él, usando mi verdadero nombre como si fuera un insulto—. Vender tu alma por un fajo de billetes. ¿Vale tanto la vida de tu hermano?
Abrí los ojos de golpe. El aire se escapó de mis pulmones.
—¿Cómo sabe...?
—Sé todo lo que entra en mi casa —me interrumpió él. Su mano subió de nuevo, esta vez hundiendo los dedos en mi cabello, tirando hacia atrás para obligarme a exponer el cuello—. Sé que eres una rata muerta de hambre jugando a ser reina. Sé que odias este perfume. Y sé que estás aterrada de lo que voy a hacerte.
Malachi se levantó del sillón. Era mucho más alto de lo que había calculado. Su sombra me devoró por completo. Me obligó a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la fría madera de una estantería.
Él me acorraló, colocando una mano a cada lado de mi cabeza. El calor que emanaba de su cuerpo me envolvía como una trampa.
—Este es el trato —dijo él, bajando la voz hasta que sus labios casi rozaron mi oreja—. Delante de la junta directiva, serás la esposa perfecta. Me mirarás con amor, me guiarás de la mano y sonreirás como si yo fuera tu mundo.
Asentí frenéticamente, con la respiración entrecortada.
—Pero aquí dentro... —Malachi bajó la cabeza, hundiendo su nariz en el hueco de mi cuello. Inhaló profundamente, y solté un jadeo involuntario—. Aquí dentro, no eres nada. Eres mi propiedad. Mi juguete. Mi sombra.
Él deslizó una mano hacia abajo, deteniéndose justo encima de mi corazón. Podía sentirlo latir, golpeando contra mis costillas como un pájaro desesperado por escapar.
—Tu corazón late demasiado rápido —murmuró Malachi con una sonrisa cruel—. Casi parece que lo disfrutas.
—No... no es así —logré articular, aunque mi propia traición física me avergonzaba. Sus dedos quemaban a través de la seda.
Malachi se apartó de repente, dejándome temblando y buscando aire. Se dio la vuelta, caminando hacia la chimenea con una confianza que desafiaba su supuesta ceguera.
—Hay reglas en esta casa, Sloane. Reglas que Charlotte nunca rompió —dijo él, de espaldas a mí.
—¿Qué reglas?
—Las aprenderás con el tiempo. O con dolor. Lo que llegue primero.
Malachi se giró ligeramente. La luz de las brasas dibujó su perfil perfecto, ocultando sus ojos tras la seda negra, dándole el aspecto de un verdugo elegante.
—Por ahora, vete a la habitación principal. La Sra. Halloway te mostrará el camino.
No esperé a que lo repitiera. Me di la vuelta y caminé hacia la puerta, sintiendo su mirada —o lo que fuera que usara para observarme— quemándome la espalda.
—Sloane —llamó él justo cuando puse la mano en el pomo.
Me detuve, el corazón en la garganta.
—¿Sí?
—No cierres la puerta con llave esta noche. Mi esposa nunca lo hacía... y a mí me gusta entrar sin avisar.
Salí de la biblioteca, cerrando la puerta detrás de mí. Me apoyé contra el muro, tratando de calmar mi respiración. El pasillo estaba en silencio, iluminado por lámparas de cristal que bañaban todo en una luz dorada y falsa.
Una mujer mayor, vestida con un uniforme negro impecable, me esperaba al final del corredor. Su rostro era una máscara de desprecio.
—Por aquí, "señora" —dijo la mujer, escupiendo el título.
La seguí por las escaleras de mármol, subiendo al segundo piso. Cada cuadro en las paredes parecía seguirme con la mirada. Retratos de antepasados Graves que parecían juzgarme por mi fraude.
Llegamos a una puerta doble de color blanco con molduras de oro.
—Esta es la suite principal —dijo la Sra. Halloway—. El servicio de cena se servirá en una hora. No llegue tarde. Al señor Graves le desagrada la impuntualidad casi tanto como la mentira.
La mujer se dio la vuelta y se marchó, dejándome sola frente a mi nuevo destino.
Entré en la habitación. Era enorme, lujosa y fría. Había un enorme espejo de cuerpo completo frente a la cama que me devolvió la imagen de una impostora.
Me acerqué al espejo y me miré. El vestido, el maquillaje, el peinado... era una extraña. Una versión de alta sociedad de mí misma que no reconocía.
Recordé las palabras de Malachi. No cierres la puerta con llave. Un escalofrío me recorrió la columna.
Me acerqué a la cama, sintiéndome como una intrusa. Sobre la almohada de seda, había algo que no esperaba. Un pequeño sobre negro con mi nombre escrito en letras doradas: Sloane.
Con las manos temblorosas, lo abrí. Dentro había una sola tarjeta con un mensaje escrito a mano que me hizo perder el aliento:
"Te estoy mirando ahora mismo. No intentes esconderte".
Levanté la vista del papel, recorriendo la habitación con ojos frenéticos. Fue entonces cuando lo vi. En el rincón más oscuro del techo, una pequeña luz roja parpadeaba dentro de la cuenca del ojo de una gárgola tallada.
Él me estaba viendo. Siempre me estaba viendo.
Y entonces, escuchó el sonido de la manija de la puerta girando lentamente detrás de mí.
La puerta se abrió de golpe y Malachi entró. Caminaba directamente hacia mí sin su bastón, con la venda aún cubriendo sus ojos, pero con una precisión que me hizo retroceder hasta chocar con el borde de la cama. Se detuvo a milímetros de mi rostro y susurró:
—Olvidaste el perfume en tu muñeca izquierda, Sloane. Ven aquí y deja que yo mismo lo arregle.